jueves, 14 de abril de 2011

El Enano


QUIERO conocer al enano. Lo he buscado por tantos lugares sin tener mayor suerte, lo busqué donde lo esuché, en el auditorio; en el lugar donde habló, en el oratorio; en el lugar en que observó, en el observatorio; en el lugar en que durmió, en el dormitorio; en el lugar donde escribió, en el escritorio; en el lugar donde laburó, en el laboratorio; y en el lugar en que supuse que debía estar, el supositorio.

Lo he esperado tanto, tanto que recién creí encontrarlo cuando pasé frente al espejo del salón principal, por el pelo que ha caído, el peso desvanecido, las vértebras que he perdido, las arrugas que he ganado, las cataratas que he adqurido, los granos que he contado y los bellos que han salido. A estas alturas, es a estas bajezas.

Incluso he tratado de engañarlo haciéndole pensar que no estoy mientras me escondo entre las montañas de ropa y escombros que hay por todo el piso del vivitorio o velatorio para ser más exactos, pero de algún modo siente mi presencia pues no aparece, no se asoma, no se acerca.

Este enano desgraciado lleva años merodeando por mi futuro, de modo que cuando yo llego a vivirlo ya está todo alterado. Se ha llevado mis cosas, las ha cambiado de lugar, ha estropeado artefactos, ha interfiererido las mentes, ha atrasado relojes, ha cancelado eventos, ha inventado sucesos, ha borrado recuerdos, se ha metido en mis asuntos y ha tomado cartas que nadie jamás le ha enviado.

Nunca lo he visto realmente, pero sé que tiene aspecto humanoide: mide dos y veinte y doscientos milímetros, según sea su estado anímico; es verde, rosáceo, blanco o naranjo, según la temperatura en el oeste; tiene uno, dos o tres ojos, según el propósito que se haya propuesto; tiene bello donde los humanos no y tiene feo donde los humanos tampoco; es completamente calvo y su cabeza es desproporcionadamente grande con el resto del cuerpo, incluso con las orejas, lo mismo ocurre con sus manos y con sus pies.

A mis ochenta años aún me sorprendo de los hábitos que adoptó. Increíbles, impensados e irrisorios de acuerdo a su imagen y capacidad. Simuló la habilidad del que lee, su lección; imitó la pulcritud del que ora, su oración; entonó los ritmos del que canta, su canción; y proyectó el futuro del que nace, su nación; copió lo que observa a su paso, su pasión; recicló todo lo que come, su comisión; se llevó todo lo que trajo, su traición; sin compartir si quiera un poco, su poción; nivelóse a las mentes más lesas, su lesión; actuó con exagerada prisa, su prisión; escogió lo mejor de cada raza, su ración; tergiversó todo lo que yo vi, su visión y esforzóse por apoderarse de mí, su misión.

A pasos de la muerte, aún no me decido si continuar en su búsqueda aunque fallezca en la intranquilidad de jamás haberlo conocido o si aceptar que lo conocí hace años, desde que me empecé a hacer cargo de mis acciones independizándome de la infancia, desde que asumí que Torcuato era mi nombre y que debía responder por él, en otras palabras, que conozco a Torcuato, el enano vil que me hizo vivir tantas decepciones pero que murió tranquilo habiendo aprendido de cada dolor infringido porque conmigo los sufrió, así como conmigo nació.

Continuará...

sábado, 9 de abril de 2011

Damas y caballeros


MIRAS a tu alrededor y te das cuenta que no estás solo, sin embargo, nadie puede ayudarte. Es así, son las reglas del juego y no se supone que deba ser de otro modo.

¿Falta creatividad? Piensas que sí ¿Será que siempre existirá una posibilidad favorable? Y te quedas esperando a que llegue. Y mueres arrollado por una dama no tan dama, quien salvaba su propio pellejo de un caballero no tan caballero.

Parece no importarte, pues a los pocos minutos nuevamente estás esperando tu oportunidad con el coraje y el corazón de león que sólo alguien como tú, y jamás ninguna dama ni caballero ni torre ni alfil ni mucho menos un rey, podría tener.

Hasta que llegó el día en que, quizás a causa del descuido, de la inexperiencia o de la propia astucia y osadía, lo miraste de frente y, sin importar lo grandioso que se viera ni lo ínfimo que te vieras, tuvo que dejarse caer, rendido a tus pies.

No ganaste mucho, desde entonces sigues siendo arrollado por quien sea que se te cruce en el camino, aún así, hoy sabes de lo que eres capaz y el recuerdo y la seguridad no se los roba ni el abusador más vil de la comarca.

Continuará...

martes, 29 de marzo de 2011

Cada oreja con su pareja


Vincent tenía ocho años cuando reconoció a Vincent.

La Mami se lo enseñaba cada vez que se topaban con él -ya sea en los supermercados, en la tele, en las revistas, en la calle o en la portada del libro que iba leyendo la señora del lado en el metro-, y le decía "¡Mira, mira, ahí estás tú!" y luego se ponía a divagar entre historias demasiado complejas como para retener, que confundía con los cuentos que le contaban en las noches para que se durmiera, con las historias familiares que la Mamá también compartía con él muy a menudo y con las fantasías que había visto en la tele el día anterior su compañero de banco. Ya a sus veintinueve años, Vincent se preguntaba si se las relataba a él o simplemente le gustaba parafrasear encantada, llegando quizás a olvidarse de que su hijo, mirándola sonriente y sujetado de su mano, tenía menos años de los que ya había detallado estravagantemente durante las cuatro estaciones que separaban el jardín infantil en el que estudiaba y el trabajo la Mamá. Ahí es donde cada jueves ambos esperaban, contando palomas, a que ella terminara su jornada laboral y la de aquél y la de aquel otro y, si tenía suerte, para que no se aburriera la Mami le compraba un helado de invierno, incluso si estaban en primavera.

A la Mamá la veía menos durante la semana, ya que salía a trabajar mucho antes de que él si quiera despertase y, exceptuando los jueves, llegaba de vuelta al departamento mucho más tarde y mucho menos Mamá. A pesar de eso, también de ella escuchó un sin fin de veces el "¿Sabes cómo se llama él?" y las explicaciones correspondientes a la pregunta que, no sabe bien por qué, pero que hasta hoy las recuerda como una maraña de frustraciones de amor.

Gracias a ese especial vínculo con Vincent, tan aclamado por la Mamá y la Mami, es que Vincent era el único niño de su colegio al que le celebraban dos cumpleaños en el año: el veintiocho de agosto, que era el suyo, y el treinta de marzo, que era el de Vincent. La abuela Ligia, siempre que podía, trataba de convencer a la Mami, su hija, que tanta celebración podría llegar a transformar a Vincent en un niño consentido y sin sentido de la responsabilidad, de lo que esta última siempre se reía a carcajadas, pues no había, según ella, un hijo más prolijo y con los pies mejor puestos en el cemento que él, "es sólo una excusa para compartir más con la familia. No sea grave, mamá, sea esdrújula y vívalo, disfrútelo y pájaro" y volvía a soltar una carcajada más bien aguda.

De algún modo muy particular, todas las historias y eventos que Vincent conoció y vivió durante su infancia y adolescencia crearon una relación muy similar a la amistad imaginaria entre Vincent y aquél, hasta el punto en que cierto día, a sus once años, le dió por bautizarlo como su hermano imaginario. Conversaban, jugaban y llegaron a conocerse mucho mejor. Vincent le guardaba un cariño especial a Vincent, no era como los otros amigos que alguna vez había tenido en el colegio. Además de que no lo podía ver, claramente, se daba cuenta que no congeniaban para nada y que sus intereses eran totalmente distintos, sin embargo, por alguna extraña razón le gustaba su compañía y lo carcomía una curiosidad morbosa sin interés profundo el saber más detalles de su pasado. Eran tiempos agradables, recuerda Vincent, era una forma muy satisfactoria de vivir el tiempo muerto.

No mucho después de eso fue cuando la Mamá le reveló la historia del hermano Vincent, y creyó entender lo que había estado sintiendo e imaginando, o, mejor dicho, creó entender, gracias a las coincidencias de la muerte y a las voluntades de su vida.

Ayer, sentado en su oficina mirando la ciudad desde un decimotercer piso, sin poder ni querer concentrarse en el faumérrimo balance que tenía en la pantalla, se acordó de su amigo Vincent, de su hermano Vincent con el que solía conversar en los paraderos de micro y en las noches estralladas antes de dormirse. Le preguntó cómo estaba y no le respondió. Le preguntó por su hermano y no le respondió. Le preguntó por sus sueños y no le respondió. Así que siguió haciendo el balance y luego esperó a terminar su jornada laboral y la de aquél y la de aquel otro.

Antes de subirse al metro, eso sí, cuatro horas más tarde, llamó a la abuela Ligia para recordarle la comida familiar que tenían mañana en la casa.

Continuará...

martes, 15 de marzo de 2011

Sueño sin dueño



Iba ella, más bien incómoda, en su sencilla bicicleta -sin cambios, sin suspensiones, sin luces, sin espejos, sin frenos-, a más de cuarenta kilómetros por hora bajando por esa gran avenida que tenía una inclinación mayor a los treinta grados, suficiente para transformar su osada travesía en un accidente irreversible.

Alcanzó a ver el cambio de luz a la distancia, alcanzó a sentir la aceleración sobre la primera marcha de tanto auto, micro y camión que se encontraba tras el paso de cebra, alcanzó a sentir los gritos de los caminantes y el grosero bocinazo que, eso sí, esta vez cumplía su función.

Abrió los ojos e inhaló profundamente llegando, así, a sus pulmones un olor que sabía a un millón de posibilidades y a ninguna en particular. Miró caras, escuchó voces, pero nada más.

Fue ahí cuando la metáfora se enamoró del semáforo.

Continuará...

sábado, 12 de marzo de 2011

Alas Alfa

ALARGADA la expresión del que espera que lo que está viviendo no es definitorio, que es solo el paso intermedio entre hoy y el dia en que las cosas empiezan a ser como se supone que deben ser, ignorando deliberadamente que no hay tal cosa como un sueño prometido, que no existe el derecho a ser feliz, mucho menos la garantía, que aquél del que uno se compadece puede ser uno y no le día de mañana, sino que ahora mismo, mientras se escribe la palabra autocompasión.



Alambrada la vecindad del barrio de la desolación, sobretodo cuando uno recién se ha mudado. Cuesta salir a pasear, contanimarse a levantarse y recorrer porque sí, respirar hondo y creerse el cuento que nada es tan malo como parece, saludar a través del alambre al vecino por difícil que parezca que éste pudiera saludar de vuelta, recoger el pedazo de periódico o diario o semanario o nadiesabenario que llegó volando desde el exterior y querer leerlo, cual si fuese al esperanza del prisionero del gueto que sólo quiere salir. Mirar hacia arriba y notar que es solo un alambre que es mucho más fácil de derribar que al hambre.

Alharaca vergonzosa el creer que uno importa, el creer que uno siente, el creer que esto es dolor. Comparado con aquel otro o aquella una, esto no amerita ni mil palabras es un espacio libre, abierto pero olvidado. Es una lujosa pérdida de tiempo, una grosera forma de desperdiciar la paciencia de los que sienten de verdad, un abuso de la inequidad para obviar, incluso si es solo por unos días, una verdad que es bastante menos atractiva que la de creerse uno más, con derecho a sentir pena por haber perdido un reloj.

Alarmada la respuesta ante la perspectiva de un corto plazo solitario e incierto y de un largo plazo aún más incierto, por tanto, quizás aún más solitario.

Alabanza inapropiada para el bueno, para el malo y para el feo.

Alasala los temores, los rencores, los pormenores.

A la cama la calma.

A la larga, las ganas ganan.

A la ...

¡Alakazam!

Continuará...

miércoles, 9 de marzo de 2011

Una historia de este siglo



NACÍ en Santiago, Chile, no recuerdo con exactitud hace cuantos años.

Podría decirse que soy todavía muy joven para poder hablar sobre la vida en general o simplemente de la mía, pero ya soy todo un experto.

Mi vida no ha sido como la de todos, es por eso que llegué a escribirla, porque realmente no es nada parecida a lo común y corriente entre nosotros.

No recibí estudio alguno, nunca conocí a mis padres, incluso a veces llego a pensar que nunca tuve unos. Donde pasé mi infancia y los primeros tiempos de mi vida, hablaban de que tenía un hermano gemelo, pero nunca llegué a conocerlo tampoco.

Todavía recuerdo cuando me pasaba todo el día en la tienda de moda “Falabella”, sin comprar, sólo observando a los tumultos de gente que iban y venían llevándose uno, dos o tres productos que se encontraban en oferta; a otros que, como yo, no hacían más que mirar al resto de la gente y preguntaban precios sin tener la intención de comprar algo, incluso veía a uno que otro sujeto que, disimuladamente, se llevaba cosas de menor tamaño evitando así, vaciar su billetera.

Pero esa época de mi vida pasó, y por un asunto de negocios, conseguí un trabajo doméstico en una casa de alta situación económica. El patrón era un tipo amargado, con los mejores cuidados de otras muchas mujeres que ahí estaban para atenderlo. Me llamaba la atención su ojo tuerto y pata de palo, que resonaba por toda la inmensidad de la casa cuando caminaba. Todos creían que en tiempos antiguos era un pirata.

Así estaba yo, entre una docena de otros que se dedicaban a lo mismo. Pero esto no me complicaba demasiado, como sobraba personal, el trabajo de cada uno era mínimo y al parecer al patrón no le importaba.

Estuve menos de un año trabajando para aquel patrón. Por un tiempo me dediqué a realizar obras de caridad, en menos de una semana ya tenía trabajo en una nueva casa, con el mismo oficio doméstico, pero ésta vez mi patrón era de menos nivel económico y me encontraba solo, cumpliendo trabajosamente mi labor, sin ayuda alguna, excepto de la de un viejo, que casi agonizaba, pero con él o sin él era lo mismo.

Nunca presenté quejas contra mi labor, en realidad nunca tuve tampoco. No recibía paga en efectivo, me mantenían, y eso era todo lo que recibía a cambio.

No tenía grandes necesidades sociales ni económicas, ni tampoco pequeñas. Sin familia a la que proteger, nada. Estaba bien donde me encontraba, a pesar de lo duro que resultaba mi trabajo.

En la casa del patrón trabajaba una mujer que al igual que yo, no recibía paga, al parecer, era la esposa del hombre. Era bastante amable conmigo. Cuando tenía un tiempo libre, cosa no muy frecuente, me dejaba darme baños largos. A veces me pasaba el día entero en la tina, lo que me hacía falta, porque entre trabajo y trabajo no tenía tiempo para el higiene. Ella era como mi madre, me curaba cuando tenía problemas físicos, y cuidaba que me mantuviera limpio, aunque no teníamos una gran comunicación, ella no tenía tiempo.

El trabajo constante y persistente, me causaba daños corporales. Con los años, el patrón empezó a quejarse de que no realizaba bien mi labor, la que realizaba con mis mayores esfuerzos a pesar de mis heridas. Esto me molestó, era casi una explotación, trabajaba día y noche, todo el año, con unas cortas vacaciones en verano, no recibía paga y además él se quejaba.

Al parecer la mujer estaba de acuerdo, y en dos semanas apareció otro que me quitó el puesto. Yo seguía en la misma casa, en un oficio que pudiera realizar con mi estado físico. Ahora barría, trapeaba y me ordenaban limpiar hasta los más pequeños lugares de la casa. Y todavía no recibía paga.

Tiempo después no resistía ni ese trabajo, por lo que terminé en la calle. Ahora que lo pienso creo que tengo el don del trabajo, pues aunque no me esforcé mucho por encontar uno, en poco tiempo había conseguido un oficio semejante a los anteriores.

Antes de terminar con ese último oficio, mis propios patrones, me internaron en un centro de rehabilitación, para los que tuvieran menos recursos. Ahí estuve un tiempo indefinido inconscientemente. Hasta que me dieron de alta y comencé a trabajar nuevamente en lo mismo.

Mi vida hasta ahora parece miserable y lo era.

Me usan. Soy como un don nadie, que va de un lado hacia otro, realizando múltiples oficios, desde gásfiter hasta barrendero.

A pesar de los giros que ha dado mi vida nunca he logrado salir de eso. Ahora me paso los días arreglanto asuntos en las cañerías, esperando un oficio mejor y más a la altura de mi clase.

Pienso en la familia que nunca tuve, en mi madre que nunca conocí al igual que mi padre. Y mi hermano perdido, o quizas el perdido soy yo. De todos modos creo que el día de mi muerte esta muy cerca. No se vive demasiado en mis condiciones, incluso creo que he vivido más de lo que cualquiera como yo podría haberlo hecho. Tanto que ahora me llaman Número Uno.

Ya recuerdo el nombre de mi hermano que decían que yo debía tener. Le decían algo como
Manuelito.

No, no era eso, era... Ay! casi lo tengo... Ah! sí, Moletto.


Testimonio de un calcetín humano, 2002.

Continuará...

viernes, 4 de marzo de 2011

La defensa de Misha

A MISHA le contaron de otra forma la Defensa del poeta, esa defensa llena de pura indignación pura, de verdades reprobadas por algunos, pero bien dichas y escritas.
Mientras sus ojitos se hacían cada vez más negros por la atención, descurbió que él era su padre, que él era su defensor.



"Por qué te entregas a esa piedra
Niño de ojos almendrados
Con el impuro pensamiento
De derramarla contra el gato.
Quien no hace nunca daño a nadie
No se merece tan mal trato.
Ya sea blanco y pensativo
Ya melancólico y naranjo
Debe ser siempre por el hombre
Bien distinguido y respetado:
Niño perverso que lo hiera
Hiere a su padre y a su hermano.
Yo no comprendo, francamente,
Cómo es posible que un muchacho
Tenga este gesto tan indigno
Siendo tan rubio y delicado.
Seguramente que tu madre
No sabe el cuervo que ha criado,
Te cree un hombre verdadero,
Yo pienso todo lo contrario:
Creo que no hay en todo Chile
Niño tan malintencionado.
¡Por qué te entregas a esa piedra
Como a un puñal envenenado,
Tú que comprendes claramente
La gran persona que es el gato!
...
Piénsalo bien y reconoce
Que no hay amigo como el gato,
Adonde quiera que te vuelvas
Siempre lo encuentras a tu lado,
Vayas pisando tierra firme
O móvil mar alborotado,
Estés meciéndote en la cuna
O bien un día agonizando,
Más fiel que el vidrio del espejo
Y más sumiso que un esclavo.
Medita un poco lo que haces
Mira que yo te estoy mirando,
Di a Nicanor que te perdone
De tan gravísimo pecado
Y nunca más la piedra ingrata
Salga silbando de tu mano."

Una vicita en homenaje al gestor y al contenido vicitado, sin vienesa, claro, pues ya no vienes a... a... a... aquí.

Continuará...

sábado, 26 de febrero de 2011

Animoácido



¿CUÁNTO hemos aprendido, ya, de la vida celular? La vida del que sin ganas de atender a lo visible, se avoca a lo invisible. Teniendo una familia y amigos enfrente, prefiere el diálogo sostenido con sistemas automatizados de oferta comercial, el aporte decimal a una discusión aperenne, la lectura silenciosa de palabras que no irán a ninguna parte, por lo que pueden esperar. No siempre lo esencial es invisible a los ojos, quizás sí a los cojos, pero aquellos que perdieron un ventículo, no un artículo... activo, una articulación.

Así perdemos la capacidad de conocernos, de recordarnos, de vivir de corrido, de percibir los detalles que luego los libros de historia no son capaces de explicar, de sentir el afecto dedicado y personal que no se compra ni se aprende, de esperar, de esperar y de esperar.

No es aquél un servidor de la humanidad, es hoy la humanidad que lo posee la que está al servicio de él. Y se burla de nosotros por ello, el muy insensible.

Claro, también es capaz de demostrar cariño. Entel, nos preguntamos si es él realmente el problema o le echamos la culpa para sentirnos más humanos.

Sólo nos queda esperar que pase de moda, esperar que sea solo una moda y esperar que seamos aún humanos para entonces. Esperar la espera, esperar la espectativa y esperar la esperanza. Sin desesperar.

Continuará...

lunes, 21 de febrero de 2011

Año Zywba, el Año del Oriol


Me encontraba por protocolo en la casa de unos desconocidos, inmerso en una conversación sin polémicas ni excavaciones por lo que participaba con respetuosas pero desmotivadas frases de propaganda. Por lo que no sin sorpresa tuve la oportunidad de escuchar una gran historia del siglo XVII sobre Gaspar Zywba, señor de Albacete, que se narra de la siguiente manera:

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Gaspar Zywba -quien hacíase llamar Gaspar Oriol para esconder su origen inconveniente-, era un señor burgués dueño de unas tierras ubicadas en Albacete, España, y, debido a la obra de sus antepasados en el sector, poseía gran influencia sobre todo el poblado en un radio de unos diez kilómetros.

Culto, inteligente, bondadoso pero estricto e impertérrito, Gaspar Oriol se pasó la mayor parte de su vida dedicado a mantener el orden en sus tierras junto a su irremplazable e impostergable pasatiempo, el estudio de las ciencias. Así fue como, al hacerse mayor, se vio inmerso en su propia compañía, lejano del pronóstico de una boda y mucho más distante de una familia de su propiedad.

Dentro de todas las áreas del conocimiento, tenía una particular afición por los calendarios, rama particular de la astronomía, de modo que en todo el poblado había una clara noción del día exacto en que cada cosa ocurría, lo que favorecía bastante las labores de cultivo. Como no ocurría ni en las grandes ciudades, cada habitante sabía con exactitud la edad que tenía y la de sus hijos, los años que llevaba trabajando, los días de enfermedad, los días que faltaban para el pago de impuestos, en definitiva, un orden que se adelantaba a la época.

Si bien la población no gozaba de libertades ni mayores derechos y lamentaban el arduo nivel de trabajo que tenían que cumplir de acuerdo a los estándares del señor Oriol, la mayoría no se quejaba y disfrutaba de las generosas regalías, en contraste con otros burgueses, que Oriol les ofrecía. La vida en la ruralidad de Albacete era tranquila, privada de las libertades de nuestros siglos, pero segura, por lo que más que rechazo hacia la figura de Gaspar Oriol, había cierto respeto y necesidad creada de su fuerte presencia.

El tiempo pasaba y Gaspar Oriol no se hacía más joven, al contrario, sabía que debía encontrarse al borde de la muerte, pues, producto de una serie de osadas exploraciones entre arrebatos científicos, había sucumbido a múltiples enfermedades.

Ya a sus 27 años, decidió que no habría de pasar de los veintiocho. Fue entonces cuando hizo público un contrato con su región, en el que explicitaba la herencia de sus tierras a todos y cada uno de los habitantes y granjeros de la misma, lo que se haría efectivo el día mismo en que cumpliera veintiocho años, a saber el 25 de mayo, día de Santa Sofía, de 1625 d.C., fecha en que él mismo contaba con que fuese su último día de aire.

La revelación de tal noticia generó tal revuelo entre los habitantes de los alrededores de Albacete, con una mezcla entre solemnidad y alegría, que muchas labores fueron descuidadas. La efervesencia fue fomentada por las palabras del señor Oriol en la ceremonia de comienzos del año(1625), a quien el júbilo de su gente por el día de su muerte sólo lo alegraba más respecto a un hecho que él ya había asumido con total tranquilidad.

"Veintiocho años de experiencia, veintiocho de aprendizaje. El universo del conocimiento es infinito, pero como ni cien años son suficientes para digerirlo todo, me siento satisfecho y cumplido con mi oportunidad y espacio en esta historia. Veintiocho años de naturaleza y de sol no sólo son bastante... son bastanto, tanto cariño, tanto aprecio, por la vida y por la tierra".

Sus palabras recorrieron los diez kilómetros de radio donde su nombre además era renombre, si bien había un dejo de melancolía en la espera, predominaba una sana ansiedad.

Un día Veintiocho, a Veintiocho días del día en que cumpliría Veintiocho, comenzó la cuenta regresiva comunitaria. Cada casa, cada posada, cada granero, registraba el número de días que faltaba para su libertad y para la liberación de Don Gaspar Oriol.

Y, así, un veinticinco del cinco del veinticinco, cual vaticinio, Zwyba dejó de respirar en el mismo instante que la gente que poblaba los diez kilómetros a la redonda de su lecho comenzó a hacerlo.

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DE ESTA MANERA, se instala en la región y en lugares remotos y más remotos la conmemoración del Año Zywba, o Año del Oriol, que sólo los más afortunados tienen la oportunidad de vivir*. Tal año consiste en que cuando ocurre que la cuenta regresiva desde tal en que se cumple tal comienza exactamente un día tal. Para tal ocación, el festejado, o su familia, debe realizar una acción benéfica cada día que antecede al día de Oriol, su cumpleaños, culminando con una celebración de alegría y regocijo brindada por él mismo.

Es costumbre, sobretodo en la zona de Albacete, calcular el año de Oriol de cada recién nacido, llegando incluso, en muchas ocaciones, a interferir -en la medida del lo posible- en la fecha de nacimiento de cada niño para que puedan vivir su Año Zywba.

El festejo refleja lo mejor de los vestigios de los valores de una población que ha aprovechado sus costumbres por años para mejorar su entorno en vez de castrarlo y reprimirlo, espíritu que hoy ya no tiene barreras políticas ni geográficas y puede sentirse en particulares lugares de todo el espectro de la cultura occidental.


*Matemáticamente, sólo aquellos cuya relación de paridad entre su día y el mes anterior al suyo sea inversa, vale decir (par, impar) o (impar, par) respectivamente, cumplen con el requisito para celebrar el Año de Oriol.

Continuará...

sábado, 19 de febrero de 2011

Comprando chocolates

Odiaba ser confundido. Odiaba ser saludado tan afectuosamente por extraños. Odiaba recibir buenas notas que no eran para él.
Fue a la peluquería del frente, al supermercado y también a la zapatería.
Camino a la escuela, se encontró comprando chocolates en el almacén de la esquina.
-¿Qué hago comprando chocolates?- le dijo.
-Pues, eso es lo que debiera estar haciendo.
Le creyó. Él era Diego. Les dio la razón.
Al día siguiente continuó atendiendo el videocentro más cercano.


¿Y, nos preguntamos, dónde podíamos encontrar ese videocentro? Pues hace rato que nos vemos comprando chocolates.

Continuará...