Compañeros poetas,
En los tiempos de siempre y todavía, cada cual da de lo que tiene, unos dan necesidad y otros regalan las palabras, veremos qué dura más.
No se crean que es majadería, pero mi historia es difícil. Hace rato que vengo lidiando con gente que se atreve a decirme que debo arrepentirme, que me vienen a convidar a tanta mierda. Son espuelas para la razón.
No he estado enumerando las manchas en el sol, aunque así no tuviese amigos ni citas, porque sé que en una sola mancha cabe el mundo y el tonto que no lo sabe es el que zancos se arresta.
Que se queden sentados los intelectuales. Ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar. ¿A dónde van a parar las palabras que no se quedaron?Sépase qué se hace con ese destino.
El problema no es de una moda mundial ni de que haya tan mala memoria. Yo quiero hacer un congreso del unido. Hay un primero de enero que funda a sus compañeros. Te convido a creerme cuando digo futuro, aunque no esté de moda en estos días. Cada vez son más enanos los tal vez.
Se admiten tarados, enfermos, gordos sin amor, tullidos, enanos, vampiros, proscritos, rabiosos, pueblos sin hogar, deudores del banco mundial y días sin sol.
¿Creen que lo digo todo? Algunos ojos miran con mal brillo.
Quedamos los que puedan sonreír. Y reir, y reir, y reir. El que quiera puede irse a llorar y al que quiera puede darle igual, que no es lo mismo, pero es igual.
Y digo que el que se presta para peón del veneno, es doble tonto y no quiero ser bailarín de su fiesta.
Disculpen las molestias ya me llevo mi boca.
Buenas noches, amigos y enemigos.
Cultura Sofista
martes, 8 de julio de 2014
Homenaje al poeta
lunes, 30 de junio de 2014
Crónica de una muerte abrumada
-¿Me dice su nombre, por favor?- le dice la señorita y lo mira con cara de respuesta.
-Eufemio Ponce- responde.
-¿Razón social?- como si nada hubiera pasado.
-Eufemio Ponce EIRL- dijo, mientras pensaba que esa debía ser la primera vez en su vida en que alguien no hacía al menos un gesto de extrañeza por su nombre.
-¿Y a qué viene, Don Eugenio?- y comprendió por qué.
Eufemio Ponce llevaba cuatro años desempleado y esa era sólo una esquina de una rotonda llena de desgracias. Podría culpar al destino, la vía fácil; a algún dios, pues les debía tanto; a algún partido, que siempre todos coincidían en que tenían la culpa de todo; a algún condimento, o algo así había visto en la tele; a algún mes, que de seguro sería agosto; a sí mismo, porque podría dárselas de sabio; pero él culpaba a esa canción, a esa melancólica, inspiradora y devastadora canción.
Era el segundo domingo de octubre, no iba a olvidar la fecha porque era su cumpleaños y había pedido el día en el trabajo para organizar todos los preparativos de una pequeña once que tenía planificada sólo con los suyos. Ya había aspirado y sacudido el living, recogido las hojas del antejardín, limpiado la cocina, ordenado la pieza, y regado todas las plantas de Cassandra, su señora, y se disponía a ponerle fuego al sartén, luego de haber comprado en el super todo lo que faltaba para lo que pensaba cocinar y de haber bañado al Tito, al que había que dejar encerrado en el baño al menos una hora para que no se fuese a revolcar al patio y quedar más cochino que antes.
No había tenido un buen año, por eso ansiaba este día en que iba a anunciarle a sus cercanos la única buena noticia que, después del terremoto, el triunfo de la derecha y la temprana eliminación de Chile, lo hacía sonreír. Porque después de 15 años por fin lo iban a ascender, y no sólo eso, sino que lo iban a trasladar a México, con casa, señora y perro incluido.
Sirvió el picadillo en distintos platillos, sacó las copas del cuarto del fondo, picó la cebolla y los choricillos en rodajas, dejó calentando el aceite para freír las papas y fue a prender la radio para acompañar su viejo compañero, el buen humor que lo despertó en la mañana. Y eso es lo último que recuerda haber decidido hacer.
Eufemio miraba fijamente el documento que indicaba el rechazo al enésimo préstamo que solicitaba para tratar de subsistir con su miserable almacén, pero su vista estaba en otro lado. Sentado en el paradero, con un chicle pegado en el poto, con los codos en las rodillas, los pies en 2014 y el entrecejo en el 2010, se acordaba de todo.
Se acordaba de haber prendido la radio y se acordaba de haberse acordado de todos los sueños compartidos con su esposa que los cojines del tiempo tenían ahogados bajo la presión del culo de la irrelevancia y la responsabilidad. Corrió al teléfono. Esa inspiración envalentonada tenía que compartirla con ella, pero en su oficina no respondía nadie. Raro. Él nunca llamaba, pero aún así sabía que a esa hora ella siempre estaba en la oficina.
¡¿Le puede dar el asiento a la señora?! Le espetó una vieja sin ninguna intención de amabilidad. En su despiste no había notado que el paradero se había llenado de gente, y, entre ellos, una joven con un niño en brazos que quizás tenía un año, o dos. Cómo iba a saber él, si nunca tuvo hijos.
Evidentemente se paró y como no era el imbécil que la vieja de al lado había decidido que él era, puso el certificado de la desgracia sobre lo que quedaba de chicle para que la madre no sufriera el mismo infortunio. Ella le sonrió. La guagua, sin embargo, sólo tenía ojos para el patito que él sostenía en la mano, que había sido el último gesto de misericordia que la señorita del banco tuvo cuando le devolvía sus documentos y notó que era su cumpleaños. "Algo es algo", le había dicho y se rió, con esas risas sin razón, sin contenido, de protocolo y de culpa.
Cuán poca autenticidad quedaba en la gente, se lamentaba Eufemio, iracundo y decepcionado, casi todos los días. Estaban todos tan acostumbrados a llamarle por otro nombre a todo lo malo, lo indeseado, lo oscuro, para no tener que aceptar que esas cosas existían, que eran parte de ellos y que incluso les gustaba que estuviesen ahí, pues las necesitaban.
Sonó el celular de alguien a su alrededor, pero la que dijo aló fue la Anita, la compañera de trabajo de Cassandra. "Ella salió, mejor llámela al celular". Y así lo hizo. Tampoco solía llamarla al celular. "No sabes lo que tengo que contarte, Cassi". Se escuchaba muy nerviosa, no hilaba más de una idea en una oración, se equivocaba con los nombres de las cosas y en el momento de decir las interjecciones de la buena educación. Escuchó la voz de otra persona, de un hombre. No había necesidad, pero no alcanzó a preguntar, así como no alcanzó a asimilar lo que acababa de descubrir. Había salido al antejardín porque era le lugar en que mejor señal tenía, y creía haber escuchado todos los detalles de un horrible accidente.
Atónito e idiotizado, reaccionó a salir corriendo a la calle, como si pudiese llegar a pie al auxilio de su hoy fallecida esposa, como si supiera dónde estaba, como su hubiese habido algo que hacer. Corrió ocho cuadras, llegó a una esquina y buscó en su agenda telefónica. Algo tenía que hacer. Sudaba. Siguió corriendo en cualquier dirección. Fue un día en el laboratorio de la absoluta desesperación. Hizo tantos llamados como inconexos eran, dejando alarmados a la mitad de sus contactos. Nunca se preocupó de calcular a cuántas cuadras fue que se acordó del aceite hirviendo, pero fue en ese mismo punto en que lo encontraron desvanecido de pánico y lo llevaron al hospital.
Cuando despertó ya lo había perdido todo, incluso el juicio. Lo que no mató el accidente automovilístico, lo mató el incendio. Nunca terminó de sobreponerse a la muerte de Cassi, pero lo que nunca se perdonó fue la muerte de Tito. Él no tenía ninguna culpa.
En esas circunstancias fue que se enteró de que su esposa lo engañaba desde hace unos meses con un comercial rancio sin sentido de la lealtad, sin sentido de la integridad, sin sentido alguno de la empatía. De esos seres que cree que existe el derecho a ser un concha de su madre; de esos que cree que cada uno se hace cargo de su propia felicidad, por lo tanto jamás son responsables del pesar ajeno; de esos liberales que creen que la libertad es para hacer todo lo que les acomode en el momento, sin consideración de lo que eso pueda afectar a otros. Y no le llaman traición, le llaman libertad. Al igual que ella. Así odiaba cuando creía que había motivos para ello. Pero se equivocó al pensar que las tragedias y la pérdida total de sus bienes -casa y auto- era todo lo que le pasaba.
El sujeto despreciable, aquél con quien Cassi murió en el accidente, no era cualquier sujeto. Era el cónyuge de su jefa, la Sra. Patricia, quien, lejos de solidarizar con su causa, buscó desahogo en vengarse de Eufemio, despidiéndolo astutamente sin derecho a indemnización, sentenciándolo a los cuatro paupérrimos años venideros.
Por si fuera poco, su único y mejor amigo, colega de la constructora en la que trabajaba, fue ascendido en su lugar y trasladado a México por los próximos diez años, quien al no tener opción ante ese escenario, dejo al pobre Eufemio Ponce completamente solo y al alero de su fatídica suerte. Desde entonces la constructora, su antiguo lugar de trabajo, pasó a ser la cruel, sádica e indolente destructora.
Cuando culpaba a la canción, también lo hacía porque nunca se decidió a consolidar una imagen negativa en torno a su esposa. Evitaba pensar en ello, pero de vez en cuando algunas ideas surgían y se acomodaban en su mente. Por más que se hacía la autocrítica la conclusión ante el origen del engaño era siempre la misma: el culto a lo nuevo, disfraz de lo banal. Pues siempre pensó que esta no era la era de las tecnologías, sino la era de los eufemismos y paradójicamente a él le tocaba la peor parte. En este sentido lo nuevo era tan comúnmente asociado con lo bueno, pero no era más que un disfraz de lo fácil, de lo cómodo, de lo superficial. Lo que se gana en comodidad se pierde en aprendizaje, se pierde en experiencia, se pierden en valor, al fin y al cabo.
Asimismo, pensaba, están los que disfrazan de chistoso cualquier cosa a la que no le quieran decir por su nombre, lo bueno, malo, lo feo, lo tonto, lo idiota, lo hueco, lo innecesario, lo cruel, lo vil, lo charcha, lo todo lo que no vale la pena, y, ay, qué abuso del lenguaje y qué falta de respeto al humor. Tamaño agravio debería ser delito, pero qué pena se les puede dar si están ya todos presos por la monotonía, la vacuidad y la estupidez.
Tenía cuidado, sin embargo, en transmitir estas ideas rebeldes que se le escapaban a su definición de no pensar. No quería caer en los disfraces que él mismo recriminaba con tanto ahínco y sabía que cuando se hablaba de claridades, en realidad se aludía a las ideas que uno comparte, por eso sólo se atrevió a definir que sus claridades se limitaban a la opinión que tenía de sí mismo. Al resto, le llamaba ideas.
Habían pasado más de una docena de micros y no se animaba a tomar ninguna. Había vuelto a su posición inicial, sentado en la banca del paradero, esta vez con el patito de peluche entre las manos. Mientras miraba la calle, interrumpido por los autos que pasaban sobre ella, recordaba que no sabía cómo había llegar a soportar esos cuatro años, mucho menos para qué, pero hacía tiempo que le había dejado de interesar cómo responder esas preguntas metiches y odiosas que no tenían nada mejor que hacer. El paradero se había vaciado y su cabeza también.
"Quién se atreve a decirme que debo arrepentirme", pensó y a lo Anna Karenina se dejó caer ante las ruedas implacables e indiferentes de la doscientos diez.
Horas después, tras el escándalo de los hipócritas, el barullo de los ensimismados, el enojo de los pragmáticos, el silencio de los inocentes, el morbo de los aburridos, la sangre, el taco y la burocracia; en plena vicuña, arrollado, aplastado, cochino, solemne e invisible a los ojos, quedó abandonado el patito: libre, claro, nuevo y, por supuesto, chistoso.
martes, 10 de junio de 2014
Límites acotados
De no haberlo hecho, sabría lo que le esperaría hacia la derecha. Sabría de aquella casa con un balcón lleno de amigable desorden, que habla de dos, que habla de proyecto a medias, de concilio y paciencia. Sobre el desorden, cenizas, y sobre las cenizas, pelos y sobre los pelos, más pelos, de gato, de perro y cómo no, de humano. Y tras el balcón, una cama amplia, deshecha, vacía, pero no sola. A un costado de la cama, una mesa con tres niveles, con libros, con un vaso, con basura, con cuadernos, con lápices, con revistas, con cajas, controles. Al otro lado de la cama, una mesita con una radio, unos discos, un cenicero y un plato. Son cuatro paredes, como esas vilipendiadas cuatro paredes de la política, y como tales, son cuatro paredes que albergan planes, complots y peleas; pero también dientes, párpados, sol y arcoiris. Es un ventanal con su balcón, dos puertas y un cuadro de dos por tres, un cuadro fugaz, quizás, un cuadro mitad surreal mitad impresionista, un cuadro orador, al fin y al cabo. Una puerta con sus lozas y la otra con su escalera. Por último, una cómoda incómoda, una cómoda cómoda, una silla silla, una alfombra alfombra, una lámpara lámpara y un escondite. Bajo la escalera, complementos, rellenos, necesidades, trabajo, comodidades, caprichos, lujos y un jardín. Y en el jardín, un árbol. Y en el árbol, raíces. Y en las raíces, tú.
De no haberlo hecho, sabría incluso lo que le deparaba la izquierda. Sabría, en este caso, de un departamento, preciso, amoblado, coherente, amigo y propio. Sabría de esas cuatro habitaciones, cada una con su nombre, cada una y su color, cada una y su olor, cada una y su lor. La primera, verde, cama, notas, vista, teclas, sábanas, palabras y sudor. La segunda, blanco, eso, lomo, canto, polvo, ellos, ustedes, fuego, jugo y son. La tercera, miente. Y la cuarta, azul, todo, esquinas, mares, esto, cerros, puertas, branqueos, sonrisa, ceño y tú.
Miró un camino, después el otro. Sacó el celular del bolsillo, lo hizo girar con sus dedos, pidiéndole permiso para no usarlo; lo guardó. Sacó una moneda, la volvió a guardar. Se mordió los dedos, se tocó el pelo, puso el mentón en su esternón, se olió las palmas, se abrazó y se encuclilló. Acto seguido, se levantó, se dio la vuelta, te miró, se empinó, te abrazó, se despidió y se fue a escuchar respuestas.
lunes, 7 de abril de 2014
U.L.
Aún con todo eso, los clichés no son suficientes ni en un ocho coma cero tres por ciento para describir aquello.
Aquello que es tan pesado como algo podría serlo y en todos los sentidos en que algo puede serlo. Que agota, que roba, que destruye, que altera, que enrabia, que corre, que domina, que envalentona, que pervierte, que espanta, que cansa.
Muele.
Aquello inmortal, imperecedero, eterno transeúnte inadecuado, nunca bienvenido, vecino indeseado, que luego de despistarle y perderlo de vista, encuentra un camino de vuelta. Que persigue, que insiste, que acosa, que insiste, que perturba, que insiste, que insiste, que insiste. Y no pocas veces.
Suele.
Aquello, que luego del tiempo -sí, ese mismo tiempo de los clichés-, se ve pequeño, nebuloso, pixelado, pero se ve. Pica, rasguña, enfría, convoca y engaña. Un inicuo disfrazado de inocuo (otro cliché), un futuro negro disfrazado de pasado gris, un tormento disfrazado de libertad. Astuto. Tan astuto como uno mismo. Y en su futilidad, habría que agitarle la mano para que se desvanezca.
Vuele.
Aquello, que hecho letra, aún te mira desde el grafito. Ahí, desglosado, descrito, deshecho, destrabado, descompuesto, destapado, descubierto, desesperado y deshonrado, aún observa, habla, sonríe, confabula, incide, existe.
Huele.
Aquello. No aquello otro, sino aquello que te hace otro en función de ese otro, que es otro porque ahora eres otro. Aquello que quizás no existiría si no fuese tan puntual, tan preciso, tan propio. Enseña, acompaña, completa.
Duele.
sábado, 19 de octubre de 2013
Rastrillos
QUIZÁS por una fuerte influencia de las películas, de todas, no sólo de las hollywoodinenses, también de las argentinas, las cubanas, las francesas, las peruanas, por supuesto las mexicanas e incluso las chilenas, siempre he tendido a pensar que en el recuerdo de una persona cerrando ciclos, de un moribundo, o, más bien, de alguien empezando a contar su historia, abriendo páginas y mirando hacia atrás desde el principio que su memoria le permite, hay ciertos alguien que se ganan el espacio para ser narrados, que marcan periodos y ayudan a la sintaxis de la novela. No son las personas más importantes, y no siempre las más queridas. Esos alguien son de esos que llegan, que pasan, pero se quedan.
Nunca pude dejar de preguntarme si habré llegado a ser un alguien para alguno de los que sí se quedaron en mi historia; ni mucho menos empezar a responderme.
sábado, 10 de agosto de 2013
Relato de un esófago
Hubo un tiempo en que las cosas eran más sencillas, tanto así, que se podían describir con refranes y retruécanos. Fui de los que creyó que simplemente era cosa de comer para vivir y no vivir para comer, pero llegó el tiempo del no comer para vivir -como aquel obsesivo primo hermano del hijo del padre de la madre de mi hermana, que por ser consistente con su vida palindrómica no comió más que ananá y eme y eme-, y el de comer para no vivir, después de todo, por la boca muere el pez, escuché también por ahí una vez.
Y es que no es trivial para el común de la gente lo que uno come, lo que uno bebe, lo que uno ingiere, de ahí debe venir la injerencia. Pero tanto más que lo anterior, importa lo que no se come, lo que no se bebe, lo que no se ingiere. Es una tendencia que ya superó al horóscopo, al tarot y al iching. Dime lo que comes y te diré quien eres. ¿Comes caviar? Eres cuico. ¿Brócoli? Masoquista. ¿Guaguas? Comunista. ¿Coca Light? Gordo. ¿Merengue? Feliz. ¿Pasas? Lo recuerdas. ¿Copete? Lo olvidaste. ¿No comes carne? Hippie. ¿Sal? Hipertenso. ¿Agua? Costino. ¿Betarraga? Mañoso. ¿Cocacola? Pasado a rollo. ¿Cabrohidratos? Cursi. ¿Copete? Fome. ¿Azúcar? Diabético. ¿O no?
¿Importa como llegamos a esto? ¿Importa como como? Llegamos como llegamos y como como como. No se preocupen de como coma y punto, y coma, pues sigo; comiendo. Fructosa, lactosa, sacarosa, glucosa, maltosa, grandiosa, sabrosa y destroza.
miércoles, 17 de julio de 2013
Nora, mi sonora
COQUETA, de mediana estatura, no muy bella, pero muy atractiva, sonora y sobretodo arreglada, con esa mirada que lo ofrecía todo, esa capacidad de rozar a su interlocutor con tanta naturalidad en cualquier parte del cuerpo, esas blusas colorinches y traslúcidas, esas faldas largas y ajustadas, su mezcla azarosa de perfumes y la clásica sonrisa diastemática, Nora nunca pasaba desapercibida. En los bares, en las barras, en los moles, en las malas, en los bancos, en las bancas, en los parques sin las parcas.
Sin embargo, a pesar de la impresión que los cahuines de tanta señora que hablaba de más y de tanto señor que callaba de más daban, ella era una mujer regia, auténtica, con tan pocos temores a la soledad como razones para escuchar los cahuines de los acorbatados -burda expresión de una envidia mal disimulada-, pero muy selectiva.
El concerje de su condiminio aseguraba con serenidad que al departamento 37 B jamás había entrado alguien más que la señorita Isasi. Lo que en realidad no decía nada, pues su departamento era el 34 C.
Lo cierto era que Nora estaba lejos de ser una mojigata, no estaba familiarizada con el término libertinaje, decía que esos apelativos eran propios de los que tenían más tiempo a su haber para inventar palabras que el que les gustaría. "El que no la mete, se entromete", repetía despectiva cada vez que escuchaba esas conversaciones llenas de pudor cínico por parte de los dueños de la moral. Aún así, les compadecía.
Mas, lo anterior tampoco significaba que la seguridad con la que defendía el desapego a la abstinencia fuese a partir de una causa propia. De hecho, ella era una de esas personas que tenía más ideas que parejas sexuales a su haber. Ideas, no pensamientos ni chistes ni opiniones ni recuerdos ni listas; ideas. Incluso así, eso tampoco significa nada.
Directo al grano, Nora sí era selectiva. No le servían todas las micros, no le rimaban todas las estrofas, no le cabían todos los bototos, como sea que a usted le guste decirlo. Y su selectividad no era motivo de orgullo. Era como la cantidad de letras que tenía su nombre ¡a quién le importa!
Independiente de todo aquello, lo relevante de esta historia lo reveló la Eugenia, la cajera de "La estrofa que rima", el pub-restorán del cual nuestra amiga era mesera hace quince años y que cuenta que durante esos quince años, Nora le entregaba bajo la servilleta a todo hombre coqueto, de mediana estatura, no muy bello, pero muy atractivo, sonoro y sobretodo arreglado, un papel que tenía escrita a mano una estrofa que no rimaba para nada y que cabía en muy pocos bototos:
Sois responsable de que mi cuerpo se renueve
y de que, si no me mirais, mi rostro se entristrece.
Todo el día y noche espero que entres,
desde que almuerzo hasta que desayuno,
no se ya cómo expresar lo que me haceis,
¿de qué indolencia padeceis
que al no llamar, permitís que me reveinte?
Las reacciones eran muy clasificables. Estaban los que se quedaban horas leyendo el papel, mirando significativamente a Nora cada vez que pasaba por su lado implorando una señal, quien impertérrita pasaba de largo, quizás molesta por la solicitud; estaban los que le echaban una mirada y se lo guardaban al bolsillo, vaya uno a saber si lo leerían con más atención más tarde; estaban los que dejaban el papel a un lado hasta antes de partir, que era cuando se atrevían a invitar a Nora a un café, a lo que ella respondía sin excepción gesticulando hacia Eugenia "Lo siento, donde manda patrón...", luego de lo cual sólo uno una vez la esperó a la salida e insistió en la invitación y Nora le dijo -aunque Eugenia no estaba muy segura de haber escuchado bien-, "Lo siento, a buen entendedor, pocas palabras"; estaban los que leían el papel y lo apartaban sin aparente interés; y estaban los que nunca notaban que el papel existía.
Así pasaron quince años, durante los cuales Eugenia confiesa haberle conocido muchos pretendientes, pero ningún noviazgo, pololeo o atracón. Hasta que un día, mientras Nora pagaba la cuenta de la mesa ocho, le sonó el celular con un rington ordinario, propio de un número desconocido, contestó y su rostro se iluminó, sonriendo ampliamente dejando completamente al descubierto esa apertura sensual que separaba sus dientes delanteros. Acto seguido. se volteó, buscó rápidamente y encontró a un joven ni tan joven, tímido, bajito, hermoso, pero desabrido, silencioso y sobretodo desaliñado, sentado en la mesa ocho con celular en mano y una mirada de satisfacción.
Y así fue como Nora encontró a su primer y único amor, que ella supiera.
El relato de la Eugenia dejaba hartas puertas sin cerrar, pero sobre todo, muchas micros sin tomar. Como la que pasó frente a Nora mientras, ya a sus cuarenta y cinco, recordaba sentada en su sedán el tiempo en el que trabajaba en "La estrofa que rima" y como fue que Bruno, su esposo, el joven ni tan joven de la mesa ocho, llegó a llamarla el octavo día, del octavo mes de hace ya ocho años, luego de haber estado cinco tratando de descifrar el significado del papel que su hermano Jano le había mostrado divertido después de haberse ido a comer un lomo a lo pobre en el pub-restorán de la esquina. No se iba a olvidar de lo chillona que le pareció su voz al escuchar por el auricular una estrofa sencilla y pequeña, como él mismo, pero pucha que rimaba:
Nora, mi sonora:
Me acusas a mí de indolencia,
pero a ti te falta paciencia.
Así como tampoco se olvidaría de las peripecias y malabarismos de los que se tuvo que hacer cargo para poder mantener durante quince años el mismo número telefónico, esos miserables dígitos que por tanto tiempo pensó que nunca nadie iba a discar. Avanzó distraída, abstraída por los recuerdos, sin notar que le acababan de dar luz roja y chocó torpe y lentamente al autito que iniciaba su marcha cuando sí le correspondía. Se bajó de inmediato, avergonzada, asustada, ahogada en disculpas. Tuvo suerte de que el chofer afectado parecía que poco se entrometía, pues se le veía de muy buen humor. Aceptó las disculpas así como aceptó el ofrecimiento de contactarla para arreglar el pago del seguro. Nora sacó rápidamente un papel y lápiz y apollada en el capó anotó ordenadamente su nombre y abajo su número, y sólo entonces le pareció peculiar que su número tuviera la misma cantidad de caracteres que su nombre. Haberlo sabido antes, reflexionó, y quizás Bruno me hubiese llamado antes.
Pero de haberlo hecho no hubiese sido Bruno quien hubiese llamado, sino algún otro, o quizás ninguno y quizás no estaría ahí ese día desvariando sobre la relevancia de haber notado algo tan irrelevante como lo que la consumía. A quién le importa la cantidad de letras que tenía su nombre. Al parecer a ella.
domingo, 14 de julio de 2013
La contradicción inocente
Aprendió, así, a respetar a la mentira y a temerle a la contradicción pues escuchó que más rápido se pilla a un mentiroso que a un cojo, y de cojos sabía porque estaba harto de sentirse culpable de quedarse mirando con rabia, pero sentado, cada vez que al cojito Alegría - vaya contradicción- lo humillaran todos los días los niños y niñas privilegiados que se jactaban de algo que no se habían ganado. Incluso ese gordo obeso quien, a pesar de su estado ballenoide, llegaba a los basureros antes en las carreras y celebraba apuntando, comiendo y engordando. Rocco los miraba con esa rabia con la que se le entrecerraban los ojos, al punto que nadie nunca se los había visto abiertos, al mismo tiempo que recreaba en su cabeza mil formas de enfrentarlos, mil respuestas a sus ofensivas y poco creativas burlas; se imaginaba fuerte, poderoso, con magia -algún día habría de ser mayor y entonces estudiaría para ser un torturador de niños-, pero a lo único que se atrevió fue a empezar a correr lento para llegar después del cojito y comerse las risas grotescas él solo, y lo logró. Por eso corre tan lento, por eso llega tan tarde a todos lados.
Respetaba a la mentira porque estaba al tanto de todo tipo de prodigios y desastres provocados por ella, en el nombre de ella, del padre, del hijo y del espíritu santo, precisamente. Llegando a conocer a su más miserable y admirable expresión: la cobardía y la literatura, respectivamente.
Le temía a la contradicción porque no querría nunca incurrir en aquella una vez iniciada su empresa, por el daño que le generaría que el enemigo lo descubriera, el retroceso y el fracaso; pero, mucho más, por la pérdida irreparable que significaría que lo hiciera el amigo.
Por ello, desde muy pequeño, Rocco vivía acostado por las deudas y acosado por las dudas. Preocupado, se quedaba sentado en el wáter por horas, rodeado de azulejos cercanos, leyendo las revistas del suelo, con las patas colgando. Veía contradicciones en todos lados y lo confundían porque aún en el baño, no veía tras ellas el daño.
Al cumplir sus veintiocho años, con el delantal blanco sobre un frágil gancho delgado en el fondo del clóset, queriendo salir, pero forzado a quedarse, sintió que le faltaba agregar los años vividos. Lejos de un joven maduro listo para pasar de etapa, veía en su reflejo a penas cuatro niños de segundo básico, corriendo bajo los paltos pequeños del patio de esa casa a la que no se debían meter; tirándole la cola al borrico pobre y mal alimentado que tenía la mala suerte de ser mudo y paciente; ahuyentando a la rapaz violenta que se comía los restos de los ratones que el perro abandonaba a su arbitrio por el pasto; revolcándose por el barro hasta que les quedara el cabello horrible; así, sin preocupaciones, sin consciencia de que hay tantas cosas más allá de ese patio y de ese grueso portón con sus tres cerrojos negros que para nada impedían la entrada de estos cuatro intrusos, tanto que atender había, tanto que aprender, tanto que querer, tanto, que no podía seguir dándose el lujo de ser, en parte, uno de ellos.
O peor, veía a un par de quinceañeros, uno o dos años menores, que no se hablaban el uno al otro, completamente ensimismados cada uno en lo suyo mientras se tomaban sendas micheladas calientes. El uno absorbido en la música. Se le encontraba sentado escuálido tras un contrabajo alto y prepotente. El otro, en la ciencia exacta y la estadística, buscando afanoso un cómputo puritano que tuviera la capacidad de sorprenderlo. Quizás acostumbrados a la soledad abundante producto de esta época de partos escasos y libertades tergiversadas que defienden el derecho a ser egoísta por sobre el deber a ser solidario.
Incluso veía más allá de ese reflejo a una veintena de guaguas regordetas y babosas, lloronas, quejonas, inocentes, comiéndose, cual ventilador, ese cereal imaginario con una cuchara que no se dobla; entretenidas por una proporcional cantidad de móviles adorables con sonidos somníferos muy efectivos a los que miraba con envidia, pero sin estar excento de remordimiento, pues si bien soñar es gratis, dormir no.
Pero lo que más le extrañó es que mucho antes de volver a verse tal y como era, se vió certeramente como un tercio de anciano de 80 años y algo más, lleno de polvo y algo más bajo, pero con la misma mirada desalentadora de vista entrecerrada que aprendió a simular a causa del cojito Alegría. Lo tranquilizó que, a pesar de los resabios ignorantes que ineludiblemente se le asomaban de los bolsillos y muy a pesar de los caminos desabridos que acusaban el par de zapatillas adidas que aún utilizaba, se le notaba una templanza elaborada, acompañada de una cordura blanda, pero establecida.
En un abrir y cerrar de ojos dejó atrás esas tonterías. Miró de reojo el delantal por cual que tantas amarguras había traído consigo; censuró el copetito espontáneo corriéndose el pelo hacia un lado como solía hacer; se puso los lentes; saludó a los dos nuevos pelos que ese día se sumaban a su barba; y lo inundó un recuerdo loco, de ese tiempo breve y bravo en que quiso confiar y querer y entregar y proyectar, pero que no pudo; ese tiempo que le dio una tautología que entonces no quería entender, que le mostraba la mentira que él no quería ver, que era de las peores, pues para el propio Rocco estaba vestida de verdad. Hasta que la pudo ver y reconoció lo cierto, que es lo que ya sabía: que ya no estaba a su lado, sino a su lejos.
Cerró la puerta del clóset, bajó la escalera y se fue a la estación. Seguro que llegaría tarde.
martes, 25 de junio de 2013
Lomalo
LOMALO no es cuánto ignoras, sino cuánto ignoras lo que ignoras.
Lomalo no es lo que omites, sino que omites que lo omites.
Lomalo no es que no entiendas, sino que no entiendas qué no entiendes.
Lomalo no es lo que dices, sino lo que no dices respecto a lo que dices.
Lomalo no es lo que haces, sino lo que no haces sobre lo que haces.
Dicen que más vale tarde que nunca. Ya es tarde. ¿Será nunca? Eso sería lomalo.
lunes, 10 de junio de 2013
Sapo rima con mariposa

LAS MARIPOSAS son el camino fácil, el camino sin riesgos del poeta. Son a tal punto el ícono de la belleza, que conducen a la torpeza de ofender. No al molusco, ese atractivo oculto, intrigante, exótico, extravagante; sino al auténtico, al atractivo simple, reconocible y real. Es, al fin y al cabo, el camino mediocre del poeta.
Pero no por ello dejan de ser atractivas. El defecto de esos poetas no es un delito que se les pueda atribuir. Son inocentes y en tanto tales, cautivadoras, inspiradoras y melancolizantes.
Vuelan multicolores y ágiles, distrayendo y maravillándonos. Aún así, no es por ellas que escribo. No es por rosas, ni arcoiris, ni girasoles, ni el viento, ni el mar.
Es por ese temor que ebulle tras tu tímida ternura expectante a cualquier signo, a cualquier gesto, a cualquier mirada que te diga que eres cierto, que te afirme en el abrazo, que te espere en el silencio, y acompañe hasta que vueles. Pues si vuelas, lo eres todo, incluyendo los errores, los defectos y fracasos.
Así te busco. Así te veo. Sin más vueltas ni, mucho menos, rodeos. Exijo una cucharadita más de coraje, unas gotitas de decisión y dos tabletitas de sucralosa.
No oprimas la mariposa, que se acaba el otoño y cuando se acaba el otoño, viene el invierno. Y a diez días de aquello, contra ti me querello, que no hay bicho más bello, que el que no es bello: el feo.







