Cultura Sofista
domingo, 18 de septiembre de 2011
lunes, 29 de agosto de 2011
Vista periférica

UNA HISTORIA del gran libro cuenta lo siguiente:
Un hombre, culpable de un grave crimen, es condenado a cadena perpetua.
Uno de sus amigos va a verlo y le dice:
-¡Es espantoso! ¿Te das cuenta? ¡En la cárcel toda tu vida!
-No, te equivocas -le contesta el condenado- . Toda mi vida, no. Solo a partir de ahora.
Y es que el concepto de costo hundido jamás fue ni será aplicable a la sobrevida. Porque existe la memoria, los recuerdos y los registros. Los que no son solo hermosos y complejos, así como intrincados y difusos, sino que son, además, sumamente interesantes y restamente efímeros.
De ese interés complejo, anual e incalculable, surge la experiencia: contable y hereditaria.
Anagrama invernal
... o infernal.
Me pregunto, ¿Hace falta confabular un plan con un tercero para conseguir conjugar conversar y convivir sin contraer matrimonio?
Me respondo: ¿Imito un amor certero sin arpón, sinfabular, sinseguir, sinjugar, sinversar, sinvivir y sintraer nunca palta echa flan?
¿Vivir sin versar? Nunca. ¿Fabular sin jugar? Hace falta plan. ¿Seguir sin retar? Un matrimonio certero sin proa.
lunes, 20 de junio de 2011
Discusión Appassionata

ANOCHE, mientras trataba de concentrarme en mis anotaciones sobre una exposición del comportamiento mamífero, al tiempo que me tomaba una o diez tasas de té acompañado de una tostada con mantequilla, que mucha compañía no me hacía más que observar como rayaba la mitad de cada párrafo que lograba redactar, me vi más atento a la disputa que agitaba a mis vecinos del 22 F que a la diferencia entre domesticación y explotación.
Creo que capturaron mi atención cuando él levantó la voz ya muy sobre la media, de modo que pude escuchar con claridad el contenido de sus ladridos y alaridos, minuto a minuto, segundo a segundo:
http://www.youtube.com/watch?v=sugD-DUZMQo&feature=related
(0.00) ¡IMPÍA! ¡TRAIDORA! ¡Cómo se te ocurre que puedo tolerar semejante atrocidad bajo mi techo!
(0.07)Y luego escuché el clamor de ella, ya menos perceptible, pero me parecía que le suplicaba que comprendiera, que tuviera compasión, mientras trataba de explicarse con un sinfin de argumentos que se ahogaron (0.13) en la respuesta testaruda de su marido. (0.18) Ella comienza a discutir ya sin suplicar, aclarando su defensa y él le responde cortante, hiriente y poco relexivo. (0.25) Ahora el comienza a argumentar y ella es quien le rebate con exasperación interrumpiendo su discurso (0.32). Ambos comienzan a verborrear y sus argumentos, excusas y ataques se pierden en un pequeño torbellino de palabras maliciosas. De repente se escucha su ofensiva, luego la de él, pero no se escuchan, cada uno está en un desahogo personal que no parece llevarlos a nada.
(0.44) En un momento ella le empieza a exigir que le ponga atención, que concluyan el bullicio, que no se están entendiendo, mas el continúa su iracundo monólogo. (0.56) Vuelven a sumirse en una cascada de improperios y argumentos que parecía que brotaban desde los más remotos rencores que ambos corazones tenían guardado del otro (1.06) hasta que ella se soprepone levemente a la voz de su marido ya sin gritos, sino implorando con voz angustiante que detengan la lid, tratando de hacerle recordar lo que ambos aún sienten por el otro, repitiendo en medio de súplicas lastimeras que es suficiente, haciéndose luego más potente su réplica y exigiendo fin al pleito.
(1.14) Sin embargo, no se entienden y vuelven a hablar el uno sobre el otro, mas esta vez sin tanto bullicio cual si cada uno estuviese reiterando los argumentos para sí mismo, como si estuviésen verificando que tienen sentido, como pregutándose por qué, entonces, no lo comprende el otro. Todo en medio de exasperación que termina en un griterío mutuo. (1.24) Es entonces cuando la voz de ella se impone, aparentemente al borde de perder por completo la paciencia, aparentemente desvainando con todos los ataques más hirientes que hasta ahora se había mantenido, quizás por precaución, bajo la manga, a los que él responde enérgicamente defendiéndose, apelando a la infamia ¡Eso nunca ha sido así!, mas ella continúa, y la respuesta de él se hace más enérgica y categórica, al punto de no dejarme escuchar si quiera la catarata que, a esas alturas, era la voz de ella, él aumentaba el nivel de voz, haciéndola callar, semi exigiendo, semi suplicando. (1.37) Se calla.
Solo escucho el contunuo discurso despechado de la vecina que termina con los ataques ahogados, finalmente, en un murmullo furibundo y desesperanzado de su compañero (1.41) el que, a su vez, se pierde, acongojado.
El cansancio parece haberles calmado la ira, pues continúa ella apresurada pero ya sin gritos ...pero por qué entonces... (1.43) sin entender los detalles, asumo que le reitera el contenido de sus actos que a ella la sacan de quicio. (1.44) El los niega No es así. Nuevos relatos implorosos de ella. No es así, no es así, no-es a-sí.
(1.50) Levanta un poco ella el volumen y el timbre de voz y vuelven a sumergirse en un caos verborreico que no concluye. (2.04) Cómo sigues en eso, lo increpa. No es lo mismo, responde. ¡Cómo no ves que es lo mismo!, le reitera. No es lo mismo, insiste él y explica.
(2.14) La explicación no debió ir por al camino correcto, pues ella le contesta molesta. (2.18) No. Esta vez es él el que se hunde en conceptos y porqueses acelerados, sin rumbo ni dirección (2.28) que ella, observando el desboque, intenta acallar (2.33) hasta gritarle por su nombre en un llamado demandante a volver al eje de la discusión. (2.34) ¡Y es que no te parece ahora... enuncia él sin callarse ante la moción que so le imponía (2.37) a modo de respuesta irónica, enrostrándole sus mismos errores en interrogantes y comentarios crueles, fríos y sarcásticos, sonriendo con satisfacción -presumo- el efecto que sus bien escogidas palabras y formas tenían sobre ella. Para mí semejante silencio solo significaba una cosa: dolor.
(3.09...) Sobreviendo a la sádica burla, ella vuelve a la discusión, con menos energía pero de manera sostenida y le echa encima, quizás, la última caballeriza que mantenía escondida y, así, retoman la tónica de la discusión torbellina, caótica, a veces él más potente, a veces ella se imponía. Volvían a enrabiarse, suplicarse, calmarse, a veces incluso llegaron a intercambiar palabras de afecto, sin mucho aporte a la conclusión de la disputa. ¡Tantas penas, angustias, enojos, rencores que se guardaban mis vecinos como para mantener tan extenso combate...!.
(7.07) Me sobrecogió el nivel de antipatía y violencia que llegaron a taner en cierto momento, al punto de pensar si llamaba a la puerta para intervenir, por miedo a que cualquiera de los dos resultara físicamente herido. Pero la puerta no vendría (7.23) Más que la intimidación, lo que me mantuvo en mi lugar fue la curiosidad morbosa de saber cómo terminaría todo ese, dado que él declaraba uno a uno los puntos que parecían ser su propuesta de síntesis y fin del conflicto en un tono autoritario propio del espoco de siglo XVII. No acababa, parecía haber esperado los siete minutos de discusión para decirlo todo de corrido sin interrupciones.
(7.46) No generó síntesis, volvio la discusión desordenada sin racionalidad, con réplicas espontáneas, desesperadas, inútiles. Parecía ella saber lo que se avecinaba -mientras yo me envecinaba, como vecino, como nocivo- (7.56) pues le pedía que lo olvidara todo, que no se pusiera así y él, tajante, ya no, le respondía, es muy tarde, repetía.
Un último río, que no rio último, de amargados porfavores de ella se estrellaron con la impertérrita determinación del hombre, quien continuaba negando y omitiendo sus palabras.
(8.10) Suficiente. Me voy.
El portazo silenció incluso el llanto de la desolada esposa, dejándome sobrecogido e inundado de una soledad que me era completamente ajena, pero que me parece ¡tan mía! desde entonces. Ya no puedo conciliar el sueño, ni concentrarme en redacción alguna por la culpa de un supuesto que me hace cómplice, mcuho más que testigo, de un asunto que por dentro me convenzo cada día más de que no fue más que un simple malentendido.
miércoles, 8 de junio de 2011
Las Letras

No sé cómo será en otros países, y ni si quiera sé si es mayoría en este país, pero siempre me ha parecido muy poco afectiva la forma de llamarle a "las letras" que aparecen al final de las películas, señal para los desapegados espectadores de cualquier tipo de cine de que deben empezar a buscar sus cosas, pararse y marcharse.
¿Y te piensas quedar a ver las letras?
Son letras, en efecto, pero también son palabras que hablan de mucho más que de los nombres que los respectivos padres eligieron ponerle a sus hijos. Hablan de todo un mundo que pasa imperceptible debajo de la sombra del director, de los actores y en algunas raras ocasiones del productor. Hablan de un esfuerzo, del valor de un trabajo, con una dedicación que sólo es atendida por las espaldas y los costados durante esa caminata trastabillada que se genera cuando muchas personas quieren salir por un par de puertas demasiado estrechas.
¡Cuánto trabajo se pierde y cuánto valor se pasa por alto!
Quizás entre tanta impaciencia nunca nos hemos llegado a dar cuenta que - para las películas hechas con razón y corazón-, tras el cast & crew hay mucho más que un equipo técnico y especializado donde cada uno hace lo suyo, producto de lo que nace una excelente obra. No nos hemos llegado a enterar que ahí, cinco minutos después del comienzo de las vapuleadas "letras", se narra otra historia mientras se le agradece al viejito del barrio por prestar su almacén, mientras se le agradece a la familia del productor por soportar el robo de su pariente durante año y algo, mientras se le agradece a la sociedad protectora de animales por asegurarse de que ningún animal (sin culpa) involucrado en el rodaje sufriera maltrato, mientras se le dedica la obra a juanito y juanita que tienen muchas más historias que contar, pero en silencio.
Cuando es una de esas películas hechas con venas y arterias -o con arenas y vaterías-, no dan ganas de levantarse; así como no entendemos el fin del almuerzo sino hasta haber reposado y hecho sobremesa, no concebimos el sentido de ver una de aquellas sin hacer sobrecine.
Al final, sentado, mirando, sin espera, me hubiese gustado que tú también hubieses podido aprender lo que me enseñó.
sábado, 14 de mayo de 2011
Cuento breve de un demente
CIERTO día, mi mente me preguntó ¿cómo podemos sobreponernos al egoísmo?
-Vehementemente, mente -respondí.
jueves, 14 de abril de 2011
El Enano

QUIERO conocer al enano. Lo he buscado por tantos lugares sin tener mayor suerte, lo busqué donde lo esuché, en el auditorio; en el lugar donde habló, en el oratorio; en el lugar en que observó, en el observatorio; en el lugar en que durmió, en el dormitorio; en el lugar donde escribió, en el escritorio; en el lugar donde laburó, en el laboratorio; y en el lugar en que supuse que debía estar, el supositorio.
Lo he esperado tanto, tanto que recién creí encontrarlo cuando pasé frente al espejo del salón principal, por el pelo que ha caído, el peso desvanecido, las vértebras que he perdido, las arrugas que he ganado, las cataratas que he adqurido, los granos que he contado y los bellos que han salido. A estas alturas, es a estas bajezas.
Incluso he tratado de engañarlo haciéndole pensar que no estoy mientras me escondo entre las montañas de ropa y escombros que hay por todo el piso del vivitorio o velatorio para ser más exactos, pero de algún modo siente mi presencia pues no aparece, no se asoma, no se acerca.
Este enano desgraciado lleva años merodeando por mi futuro, de modo que cuando yo llego a vivirlo ya está todo alterado. Se ha llevado mis cosas, las ha cambiado de lugar, ha estropeado artefactos, ha interfiererido las mentes, ha atrasado relojes, ha cancelado eventos, ha inventado sucesos, ha borrado recuerdos, se ha metido en mis asuntos y ha tomado cartas que nadie jamás le ha enviado.
Nunca lo he visto realmente, pero sé que tiene aspecto humanoide: mide dos y veinte y doscientos milímetros, según sea su estado anímico; es verde, rosáceo, blanco o naranjo, según la temperatura en el oeste; tiene uno, dos o tres ojos, según el propósito que se haya propuesto; tiene bello donde los humanos no y tiene feo donde los humanos tampoco; es completamente calvo y su cabeza es desproporcionadamente grande con el resto del cuerpo, incluso con las orejas, lo mismo ocurre con sus manos y con sus pies.
A mis ochenta años aún me sorprendo de los hábitos que adoptó. Increíbles, impensados e irrisorios de acuerdo a su imagen y capacidad. Simuló la habilidad del que lee, su lección; imitó la pulcritud del que ora, su oración; entonó los ritmos del que canta, su canción; y proyectó el futuro del que nace, su nación; copió lo que observa a su paso, su pasión; recicló todo lo que come, su comisión; se llevó todo lo que trajo, su traición; sin compartir si quiera un poco, su poción; nivelóse a las mentes más lesas, su lesión; actuó con exagerada prisa, su prisión; escogió lo mejor de cada raza, su ración; tergiversó todo lo que yo vi, su visión y esforzóse por apoderarse de mí, su misión.
A pasos de la muerte, aún no me decido si continuar en su búsqueda aunque fallezca en la intranquilidad de jamás haberlo conocido o si aceptar que lo conocí hace años, desde que me empecé a hacer cargo de mis acciones independizándome de la infancia, desde que asumí que Torcuato era mi nombre y que debía responder por él, en otras palabras, que conozco a Torcuato, el enano vil que me hizo vivir tantas decepciones pero que murió tranquilo habiendo aprendido de cada dolor infringido porque conmigo los sufrió, así como conmigo nació.
sábado, 9 de abril de 2011
Damas y caballeros

MIRAS a tu alrededor y te das cuenta que no estás solo, sin embargo, nadie puede ayudarte. Es así, son las reglas del juego y no se supone que deba ser de otro modo.
¿Falta creatividad? Piensas que sí ¿Será que siempre existirá una posibilidad favorable? Y te quedas esperando a que llegue. Y mueres arrollado por una dama no tan dama, quien salvaba su propio pellejo de un caballero no tan caballero.
Parece no importarte, pues a los pocos minutos nuevamente estás esperando tu oportunidad con el coraje y el corazón de león que sólo alguien como tú, y jamás ninguna dama ni caballero ni torre ni alfil ni mucho menos un rey, podría tener.
Hasta que llegó el día en que, quizás a causa del descuido, de la inexperiencia o de la propia astucia y osadía, lo miraste de frente y, sin importar lo grandioso que se viera ni lo ínfimo que te vieras, tuvo que dejarse caer, rendido a tus pies.
No ganaste mucho, desde entonces sigues siendo arrollado por quien sea que se te cruce en el camino, aún así, hoy sabes de lo que eres capaz y el recuerdo y la seguridad no se los roba ni el abusador más vil de la comarca.
martes, 29 de marzo de 2011
Cada oreja con su pareja

Vincent tenía ocho años cuando reconoció a Vincent.
La Mami se lo enseñaba cada vez que se topaban con él -ya sea en los supermercados, en la tele, en las revistas, en la calle o en la portada del libro que iba leyendo la señora del lado en el metro-, y le decía "¡Mira, mira, ahí estás tú!" y luego se ponía a divagar entre historias demasiado complejas como para retener, que confundía con los cuentos que le contaban en las noches para que se durmiera, con las historias familiares que la Mamá también compartía con él muy a menudo y con las fantasías que había visto en la tele el día anterior su compañero de banco. Ya a sus veintinueve años, Vincent se preguntaba si se las relataba a él o simplemente le gustaba parafrasear encantada, llegando quizás a olvidarse de que su hijo, mirándola sonriente y sujetado de su mano, tenía menos años de los que ya había detallado estravagantemente durante las cuatro estaciones que separaban el jardín infantil en el que estudiaba y el trabajo la Mamá. Ahí es donde cada jueves ambos esperaban, contando palomas, a que ella terminara su jornada laboral y la de aquél y la de aquel otro y, si tenía suerte, para que no se aburriera la Mami le compraba un helado de invierno, incluso si estaban en primavera.
A la Mamá la veía menos durante la semana, ya que salía a trabajar mucho antes de que él si quiera despertase y, exceptuando los jueves, llegaba de vuelta al departamento mucho más tarde y mucho menos Mamá. A pesar de eso, también de ella escuchó un sin fin de veces el "¿Sabes cómo se llama él?" y las explicaciones correspondientes a la pregunta que, no sabe bien por qué, pero que hasta hoy las recuerda como una maraña de frustraciones de amor.
Gracias a ese especial vínculo con Vincent, tan aclamado por la Mamá y la Mami, es que Vincent era el único niño de su colegio al que le celebraban dos cumpleaños en el año: el veintiocho de agosto, que era el suyo, y el treinta de marzo, que era el de Vincent. La abuela Ligia, siempre que podía, trataba de convencer a la Mami, su hija, que tanta celebración podría llegar a transformar a Vincent en un niño consentido y sin sentido de la responsabilidad, de lo que esta última siempre se reía a carcajadas, pues no había, según ella, un hijo más prolijo y con los pies mejor puestos en el cemento que él, "es sólo una excusa para compartir más con la familia. No sea grave, mamá, sea esdrújula y vívalo, disfrútelo y pájaro" y volvía a soltar una carcajada más bien aguda.
De algún modo muy particular, todas las historias y eventos que Vincent conoció y vivió durante su infancia y adolescencia crearon una relación muy similar a la amistad imaginaria entre Vincent y aquél, hasta el punto en que cierto día, a sus once años, le dió por bautizarlo como su hermano imaginario. Conversaban, jugaban y llegaron a conocerse mucho mejor. Vincent le guardaba un cariño especial a Vincent, no era como los otros amigos que alguna vez había tenido en el colegio. Además de que no lo podía ver, claramente, se daba cuenta que no congeniaban para nada y que sus intereses eran totalmente distintos, sin embargo, por alguna extraña razón le gustaba su compañía y lo carcomía una curiosidad morbosa sin interés profundo el saber más detalles de su pasado. Eran tiempos agradables, recuerda Vincent, era una forma muy satisfactoria de vivir el tiempo muerto.
No mucho después de eso fue cuando la Mamá le reveló la historia del hermano Vincent, y creyó entender lo que había estado sintiendo e imaginando, o, mejor dicho, creó entender, gracias a las coincidencias de la muerte y a las voluntades de su vida.
Ayer, sentado en su oficina mirando la ciudad desde un decimotercer piso, sin poder ni querer concentrarse en el faumérrimo balance que tenía en la pantalla, se acordó de su amigo Vincent, de su hermano Vincent con el que solía conversar en los paraderos de micro y en las noches estralladas antes de dormirse. Le preguntó cómo estaba y no le respondió. Le preguntó por su hermano y no le respondió. Le preguntó por sus sueños y no le respondió. Así que siguió haciendo el balance y luego esperó a terminar su jornada laboral y la de aquél y la de aquel otro.
Antes de subirse al metro, eso sí, cuatro horas más tarde, llamó a la abuela Ligia para recordarle la comida familiar que tenían mañana en la casa.
martes, 15 de marzo de 2011
Sueño sin dueño

Iba ella, más bien incómoda, en su sencilla bicicleta -sin cambios, sin suspensiones, sin luces, sin espejos, sin frenos-, a más de cuarenta kilómetros por hora bajando por esa gran avenida que tenía una inclinación mayor a los treinta grados, suficiente para transformar su osada travesía en un accidente irreversible.
Alcanzó a ver el cambio de luz a la distancia, alcanzó a sentir la aceleración sobre la primera marcha de tanto auto, micro y camión que se encontraba tras el paso de cebra, alcanzó a sentir los gritos de los caminantes y el grosero bocinazo que, eso sí, esta vez cumplía su función.
Abrió los ojos e inhaló profundamente llegando, así, a sus pulmones un olor que sabía a un millón de posibilidades y a ninguna en particular. Miró caras, escuchó voces, pero nada más.
Fue ahí cuando la metáfora se enamoró del semáforo.
