domingo, 21 de noviembre de 2021

Soñar no es gratis

SOÑAR es volar sin paracaídas, es nadar sin salvavidas. Es disfrutar la miopía de los irresponsables, es abrazar la ignorancia de los incautos, es sentir la libertad de los desquiciados.

De vez en cuando, no está mal soltar todo y largarse. Abandonar las especulaciones y entregarse a la ilusión. Vivir como un niño, respirar esperanza y saber que nada malo va a pasar porque es un sueño y los sueños, sueños son.

Aunque sepamos que después haya que pagar los platos rotos, las tazas rotas y las aurículas rotas. Aunque nos conste que la cruel veleidad de la fortuna nos dará más nudos para tragar que lianas para saltar.

Y ahí estaremos, los gendarmes de las emociones, tratando de hacer origamis de sombras en nuestra cárcel de costillas. Advirtiendo cenizas infértiles, orgullosos de la absurda sensatez de tener siempre la razón.

Pero el sueño se hace a mano y sin permiso porque en la inmensidad del mundo, la espontaneidad no reconoce autoridad.

Para qué ser montaña, pudiendo ser brisa volcánica. Si al final del siglo ninguno sobrevive al desprecio del olvido y nadie llega a ser la leyenda que inspira el canto de las cigarras.

Las grietas se abren para ser refugio de más ingenuidades y los derrumbes se desprenden para ser flanco inquebrantable de las displicencias.

Soñar no es gratis, pero siempre va a valer la pena pagar el costo de ser gigante por un día.

Continuará...

martes, 26 de junio de 2018

Un objeto social

Ser un parche, ser una percha. Una muleta, un bastón o una silla de ruedas.
Ser un abrigo que ya me hace falta, ser las orejeras que no me saco y ser las antiojeras que aún no sé que tengo.

Ser un biombo, ser una bomba. Una máscara, una jaula, una excusa, una pérdida de tiempo.

Ser un objeto. Un objeto social.

Continuará...

sábado, 26 de mayo de 2018

Coincidencia de conciencias

Hay quien dice que las coincidencias son pequeños milagros que dios utiliza para mantenerse en el anonimato.

Hay quien dice que las coincidencias son el rostro de nuestros propios deseos que queremos ver, pero que la vida nunca nos quiere mostrar.

Hay quien dice que las coincidencias son un anagrama de "id conciencias", por lo que deben ser un llamado de atención de nuestra propia moral.

Hay quien dice, de hecho, que las coincidencias son un descubrimiento o construcción de un patrón, distinto a una predicción, al destino o a una profecía.

Hay quien dice que las coincidencias son solo eso: coincidencias.

Pero no, las coincidencias son el transporte de las excusas que utilizamos para tomar esas decisiones que son tan difíciles como necesarias y tan postergadas como evidentes. Son el coraje imaginario de los soñadores. Son el sueño imposible de los cobardes.

Continuará...

lunes, 8 de enero de 2018

El punto

¿Te acuerdas aún de las flores azules?
-¿Las flores azules que nunca marchitaban?
¿Cómo es posible que una flor nunca marchite?
-¿Tengo cara de botánico?
¿Es necesario serlo para saber que todo lo que nace muere?
-¿Quién dice que las flores nacen?
¿Podrías probar que no?
-¿Has visto alguna vez una flor nacer?
¿Has visto una vivir eternamente?
-¿Significa eso que las flores azules marchitaron?
¿Qué flores azules?

Continuará...

domingo, 31 de diciembre de 2017

Magia

UNA vez leí que si la historia del Universo fuera un año, por regla de tres, la vida en la Tierra surgiría un 30 de septiembre, los dinosaurios un 25 de diciembre y la vida humana representaría sólo los últimos veinte segundos.

Las personas se han pasado años intentando justificar sus acciones y devenires con la posición de los planetas, el movimiento de los astros, el comportamiento del agua y del fuego o de operaciones aritméticas de los números, y esto luego de aburrirse de inventar santos, dioses, fuerzas y duendes, cuando en realidad lo más claro y sencillo es que a nadie le importa.

Los únicos que nos hemos dicho que los humanos somos el centro del mundo somos nosotros mismos y la humanidad ha llegado a creerlo demostrando niveles increíbles de egocentrismo, banalidad, vanidad, arrogancia, ignorancia y violencia.

Pero lo cierto es que nuestras vidas son, en la práctica, hegemónicamente culturales por lo que el poder de controlar, definir, predecir y, sobre todo, decidir nuestro futuro radica esencialmente en nosotros mismos. El sufrimiento y la alegría no llegan, se elijen. La traición y la lealtad no llegan, se elijen. La templanza y el caos no llegan, se elijen. El pesimismo y el optimismo no llegan, se elijen.

Esa es la magia de pensar. Me invito a abandonar la comodidad de los destinos y hacer brócoli la efectividad de un flipendo. Y lo hago con mucha pasión, con mucha razón y, en estos últimos minutos, con mucha humanidad.

Continuará...

sábado, 16 de julio de 2016

Otra cosa es con guitarra

PUEDO llegar a creer que eres tú el que me pega fuerte, pero no eres tú. Tampoco es mi soledad, porque si lo fuera no me gustaría para nada y no tengo por qué ser sincero en mi propia intimidad.

Puedo aceptar ciertas cosas, como que en el invierno de los placeres una sonrisa se parece mucho al amor, y cuando se aleja, el dolor se parece mucho a la desgracia. Y da rabia no poder sentirse un desgraciado libremente. Da rabia tener que entender que uno está exagerando, que tiene que controlarse, que tiene que ir a comprarse un kilo de altura de miras. Pero está tan cara.

Puedo aceptar también que ya me cuesta creer esto de las coincidencias. Yo nunca he creído en las coincidencias, pero esta me convenía. Era mejor creer que el problema era de las circunstancias. Que este quería viajar, que este otro se quería demasiado, que ese de allá era muy joven, que ese de acá se demoró mucho y que la cacha'e la espada y la teta'e la guagua. Pero no, no son coincidencias. Por quién me toman, si ya no es 6 de septiembre.

Lo que pasa es que me voy cansando de ahorrar en la puta cuenta de la sensatez, que tiene menos capitalización individual que una AFP. ¿Quién dijo que la prudencia estaba pagando? Que lo traigan al sorete ese o a la reverenda y que se haga cargo. ¿De qué sirve la cordura, la planificación? ¿Dé que miérda -sí, así con tilde- sirve la razón? Yo he tenido la razón toda la vida, y tengo el lomo desgastado de tanto sobajeo. "Es que ya lo decía yo". ¿Y a quién chucha hace feliz tener la razón? Si es muy fácil predecir miserias en la infertilidad crónica. Y es más fácil aún encontrar cobardes en la hegemonía del antojo.

Entonces el problema no eres tú, ¿ves?. No es tu complejo de tren, ni tu compasión autodeterminada, ni la suplantación de la empatía, ni la crítica rapidez con que se vuelan las páginas de esta novela negra, amarilla y tan efímera en la cancha de la realidad como indeleble en la del autoestima; el problema es la falta de convicción que tiene la resignación.

Es cierto, la línea entre el optimismo y la ingenuidad y la imbecilidad tiene un grosor de un milímetro a la menos doce; al igual que la que divide la determinación, con la testarudez y la obsesión. ¿Pero quién es quién para decir quién es quién? Y es que es re fácil andar dando consejos cuando no se calza treinta y siete, y es muy sencillo hablar de decisiones cuando gobierna el privilegio. No, señores, no me hablen de verdades cuando se trata de prejuicios; y, definitivamente, no me hablen de análisis cuando se trata de arbitrio.

A pesar de todo, lo único relevante es qué es lo que está en nuestras manos, el resto es farándula, así que piano a piano aprendo a tocar guitarra, porque las berenjenas se digieren mejor como arpegio, los eufemismos duelen menos como acorde, y el silencio no se escucha en ningún traste. No es fácil, pero es un camino.

Otra cosa es con guitarra.

Continuará...

viernes, 3 de junio de 2016

Como las berenjenas

Una vez lo invitó a comer y le hizo berenjenas fritas con acompañamiento, el suyo. Él dijo que estaban muy buenas, que le gustaban.
Al tiempo se sinceró y le confesó que nunca le habían gustado las berenjenas. Ni el acompañamiento. Así entendió, por fin, el sentido de la expresión.
Esa noche actualizó su estado en Facebook: "Aquí estoy, como las berenjenas".

Continuará...

jueves, 5 de mayo de 2016

No me importa

Así como Redolés no tiene, a mí no me importa. Porque cuando a uno no le importa, entonces no tiene para qué decir que no le importa, así, al decirlo se está demostrando que en realidad sí importa.
Sin embargo, como el silencio otorga, si no digo que no me importa ustedes van a pensar que me importa, por lo que habría que aclarar que no me importa. Aunque preocuparme de que se piense que me importa o que no me importa es nuevamente un indicador de que me importa, por lo que no habría necesidad de decir que me importa. Es más, existe la necesidad de no decir que no me importa.
Pero en realidad, no me importa.

Continuará...

lunes, 24 de agosto de 2015

Oxímoron

Mi buen Basilio, el más claro de los oximorones.

Continuará...

domingo, 2 de agosto de 2015

De mujeres e irracionales

ME SUBÍ de mal humor al vagón que me tocó y me ganó la ofuscación. Poco sentido tiene esa actitud, pero a veces la idiotez no es opción.
-¿Y va muy cansado el caballero que no se levanta a darle el asiento a una mujer con una niña en brazos?

Así me salvó la vieja iracunda. Se robó mi atención y la de varios pasajeros que, como yo, no tenían nada mejor que hacer que dejar de reclamar invisiblemente contra hechos que sabíamos de antemano que íbamos a tener que soportar, pero ante los cuales la testaruda soberbia siempre ha podido más que la sabia resignación.

Era una señora mayor, cargada de bolsas con las que no podía colaborar su hija, ocupada en atender a la suya que dormía en brazos hasta que su abuela la despertó del sueño y de la sumisión.

De mala manera y con sorpresiva agresividad, responde el único hombre sentado, el evidente interpelado:
-Estoy cansado, porque vengo saliendo de más de ocho horas de trabajo-.
-¡Ah! De veras que yo vengo de vacaciones- ataca la vieja, con justa indignación e hiriente sarcasmo, que solo con la verdad de su parte podría conjurar.
-Entonces pa qué alega, vieja culiá-. En este punto, ni los más ensimismados, ni los más respetuosos, ni los más ocupados pudieron evitar abandonar audífonos, libros y celulares para hacerse parte del circuito espontáneo de teatro callejero que nos cacheteaba su programación.
-¿No ve que esa niña podría ser su hija? ¿No ve que esa mujer podría ser su señora?-.
-¡No tengo señora!
-¡Con razón!

Todo el metro se rió. Vaya uno a saber si simplemente por la inesperada respuesta de la vieja o con la manifiesta intención de humillar al hombre aquél, el ser más odiado del vagón. Sin embargo, quebrada la tensión del comienzo hubo un tercero que aprovechó la situación para desahogar su rabia contenida que nada tenía que ver con la vieja, ni con el interpelado, ni con el metro:
-Parece que no es na hombrecito. A ver si lo arreglamos a combos pa que aprenda el cobarde.
-Que se quede sentado no más - siguió la vieja - si el no se preocupa por nadie, que nadie se preocupe por él.
Acosado, atacado, acorralado, el interpelado se levanta irracional en un amague difuso demasiado parecido al de querer pegarle a la vieja. Simultáneamente, una agitación a base de más gritos que hechos nos dejó inmóviles. El provocador transmitía en su propio dial, la vieja no echaba ni un pié atrás y volaban las amenazas que se acababan antes de empezar. Hasta que Ella entró a la escena.

Su herramienta fue la incertidumbre y una sublime altura de miras. A pesar de eso, el juicio de las miradas le hacían arder la piel. No hubo más agresiones del hombre interpelado porque Ella las impidió. No hubo más provocaciones gratuitas porque Ella las anuló. No hubo más odio irreflexivo porque Ella lo disolvió. No hubo espacio para cobardías porque Ella lo eliminó. Y no hubo más dudas hipócritas porque Ella las despejó.

Se bajaba ya el telón del cuadro cuando la vieja, aunque más cauta que antes, igual se impacientó:
-¿Cómo puedes defender a ese hombre que no es capaz ni de conseguirse una esposa?
-No se meta usted, señora, que la esposa de éste soy yo.

Continuará...