miércoles, 17 de julio de 2013

Nora, mi sonora


COQUETA, de mediana estatura, no muy bella, pero muy atractiva, sonora y sobretodo arreglada, con esa mirada que lo ofrecía todo, esa capacidad de rozar a su interlocutor con tanta naturalidad en cualquier parte del cuerpo, esas blusas colorinches y traslúcidas, esas faldas largas y ajustadas, su mezcla azarosa de perfumes y la clásica sonrisa diastemática, Nora nunca pasaba desapercibida. En los bares, en las barras, en los moles, en las malas, en los bancos, en las bancas, en los parques sin las parcas.

Sin embargo, a pesar de la impresión que los cahuines de tanta señora que hablaba de más y de tanto señor que callaba de más daban, ella era una mujer regia, auténtica, con tan pocos temores a la soledad como razones para escuchar los cahuines de los acorbatados -burda expresión de una envidia mal disimulada-, pero muy selectiva.

El concerje de su condiminio aseguraba con serenidad que al departamento 37 B jamás había entrado alguien más que la señorita Isasi. Lo que en realidad no decía nada, pues su departamento era el 34 C.

Lo cierto era que Nora estaba lejos de ser una mojigata, no estaba familiarizada con el término libertinaje, decía que esos apelativos eran propios de los que tenían más tiempo a su haber para inventar palabras que el que les gustaría. "El que no la mete, se entromete", repetía despectiva cada vez que escuchaba esas conversaciones llenas de pudor cínico por parte de los dueños de la moral. Aún así, les compadecía.

Mas, lo anterior tampoco significaba que la seguridad con la que defendía el desapego a la abstinencia fuese a partir de una causa propia. De hecho, ella era una de esas personas que tenía más ideas que parejas sexuales a su haber. Ideas, no pensamientos ni chistes ni opiniones ni recuerdos ni listas; ideas. Incluso así, eso tampoco significa nada.

Directo al grano, Nora sí era selectiva. No le servían todas las micros, no le rimaban todas las estrofas, no le cabían todos los bototos, como sea que a usted le guste decirlo. Y su selectividad no era motivo de orgullo. Era como la cantidad de letras que tenía su nombre ¡a quién le importa!

Independiente de todo aquello, lo relevante de esta historia lo reveló la Eugenia, la cajera de "La estrofa que rima", el pub-restorán del cual nuestra amiga era mesera hace quince años y que cuenta que durante esos quince años, Nora le entregaba bajo la servilleta a todo hombre coqueto, de mediana estatura, no muy bello, pero muy atractivo, sonoro y sobretodo arreglado, un papel que tenía escrita a mano una estrofa que no rimaba para nada y que cabía en muy pocos bototos:

Sois responsable de que mi cuerpo se renueve
y de que, si no me mirais, mi rostro se entristrece.
Todo el día y noche espero que entres,
desde que almuerzo hasta que desayuno,
no se ya cómo expresar lo que me haceis,
¿de qué indolencia padeceis
que al no llamar, permitís que me reveinte?


Las reacciones eran muy clasificables. Estaban los que se quedaban horas leyendo el papel, mirando significativamente a Nora cada vez que pasaba por su lado implorando una señal, quien impertérrita pasaba de largo, quizás molesta por la solicitud; estaban los que le echaban una mirada y se lo guardaban al bolsillo, vaya uno a saber si lo leerían con más atención más tarde; estaban los que dejaban el papel a un lado hasta antes de partir, que era cuando se atrevían a invitar a Nora a un café, a lo que ella respondía sin excepción gesticulando hacia Eugenia "Lo siento, donde manda patrón...", luego de lo cual sólo uno una vez la esperó a la salida e insistió en la invitación y Nora le dijo -aunque Eugenia no estaba muy segura de haber escuchado bien-, "Lo siento, a buen entendedor, pocas palabras"; estaban los que leían el papel y lo apartaban sin aparente interés; y estaban los que nunca notaban que el papel existía.
Así pasaron quince años, durante los cuales Eugenia confiesa haberle conocido muchos pretendientes, pero ningún noviazgo, pololeo o atracón. Hasta que un día, mientras Nora pagaba la cuenta de la mesa ocho, le sonó el celular con un rington ordinario, propio de un número desconocido, contestó y su rostro se iluminó, sonriendo ampliamente dejando completamente al descubierto esa apertura sensual que separaba sus dientes delanteros. Acto seguido. se volteó, buscó rápidamente y encontró a un joven ni tan joven, tímido, bajito, hermoso, pero desabrido, silencioso y sobretodo desaliñado, sentado en la mesa ocho con celular en mano y una mirada de satisfacción.

Y así fue como Nora encontró a su primer y único amor, que ella supiera.

El relato de la Eugenia dejaba hartas puertas sin cerrar, pero sobre todo, muchas micros sin tomar. Como la que pasó frente a Nora mientras, ya a sus cuarenta y cinco, recordaba sentada en su sedán el tiempo en el que trabajaba en "La estrofa que rima" y como fue que Bruno, su esposo, el joven ni tan joven de la mesa ocho, llegó a llamarla el octavo día, del octavo mes de hace ya ocho años, luego de haber estado cinco tratando de descifrar el significado del papel que su hermano Jano le había mostrado divertido después de haberse ido a comer un lomo a lo pobre en el pub-restorán de la esquina. No se iba a olvidar de lo chillona que le pareció su voz al escuchar por el auricular una estrofa sencilla y pequeña, como él mismo, pero pucha que rimaba:

Nora, mi sonora:
Me acusas a mí de indolencia,
pero a ti te falta paciencia.


Así como tampoco se olvidaría de las peripecias y malabarismos de los que se tuvo que hacer cargo para poder mantener durante quince años el mismo número telefónico, esos miserables dígitos que por tanto tiempo pensó que nunca nadie iba a discar. Avanzó distraída, abstraída por los recuerdos, sin notar que le acababan de dar luz roja y chocó torpe y lentamente al autito que iniciaba su marcha cuando sí le correspondía. Se bajó de inmediato, avergonzada, asustada, ahogada en disculpas. Tuvo suerte de que el chofer afectado parecía que poco se entrometía, pues se le veía de muy buen humor. Aceptó las disculpas así como aceptó el ofrecimiento de contactarla para arreglar el pago del seguro. Nora sacó rápidamente un papel y lápiz y apollada en el capó anotó ordenadamente su nombre y abajo su número, y sólo entonces le pareció peculiar que su número tuviera la misma cantidad de caracteres que su nombre. Haberlo sabido antes, reflexionó, y quizás Bruno me hubiese llamado antes.

Pero de haberlo hecho no hubiese sido Bruno quien hubiese llamado, sino algún otro, o quizás ninguno y quizás no estaría ahí ese día desvariando sobre la relevancia de haber notado algo tan irrelevante como lo que la consumía. A quién le importa la cantidad de letras que tenía su nombre. Al parecer a ella.

Continuará...

domingo, 14 de julio de 2013

La contradicción inocente

A Rocco siempre le habían enseñado que las contradicciones eran la evidencia de la mentira y que, por su parte, la mentira era un arma muy poderosa que había que saber utilizar contra un enemigo, pero jamás contra un aliado.


Aprendió, así, a respetar a la mentira y a temerle a la contradicción pues escuchó que más rápido se pilla a un mentiroso que a un cojo, y de cojos sabía porque estaba harto de sentirse culpable de quedarse mirando con rabia, pero sentado, cada vez que al cojito Alegría - vaya contradicción- lo humillaran todos los días los niños y niñas privilegiados que se jactaban de algo que no se habían ganado. Incluso ese gordo obeso quien, a pesar de su estado ballenoide, llegaba a los basureros antes en las carreras y celebraba apuntando, comiendo y engordando. Rocco los miraba con esa rabia con la que se le entrecerraban los ojos, al punto que nadie nunca se los había visto abiertos, al mismo tiempo que recreaba en su cabeza mil formas de enfrentarlos, mil respuestas a sus ofensivas y poco creativas burlas; se imaginaba fuerte, poderoso, con magia -algún día habría de ser mayor y entonces estudiaría para ser un torturador de niños-, pero a lo único que se atrevió fue a empezar a correr lento para llegar después del cojito y comerse las risas grotescas él solo, y lo logró. Por eso corre tan lento, por eso llega tan tarde a todos lados.

Respetaba a la mentira porque estaba al tanto de todo tipo de prodigios y desastres provocados por ella, en el nombre de ella, del padre, del hijo y del espíritu santo, precisamente. Llegando a conocer a su más miserable y admirable expresión: la cobardía y la literatura, respectivamente.

Le temía a la contradicción porque no querría nunca incurrir en aquella una vez iniciada su empresa, por el daño que le generaría que el enemigo lo descubriera, el retroceso y el fracaso; pero, mucho más, por la pérdida irreparable que significaría que lo hiciera el amigo.

Por ello, desde muy pequeño, Rocco vivía acostado por las deudas y acosado por las dudas. Preocupado, se quedaba sentado en el wáter por horas, rodeado de azulejos cercanos, leyendo las revistas del suelo, con las patas colgando. Veía contradicciones en todos lados y lo confundían porque aún en el baño, no veía tras ellas el daño.

Al cumplir sus veintiocho años, con el delantal blanco sobre un frágil gancho delgado en el fondo del clóset, queriendo salir, pero forzado a quedarse, sintió que le faltaba agregar los años vividos. Lejos de un joven maduro listo para pasar de etapa, veía en su reflejo a penas cuatro niños de segundo básico, corriendo bajo los paltos pequeños del patio de esa casa a la que no se debían meter; tirándole la cola al borrico pobre y mal alimentado que tenía la mala suerte de ser mudo y paciente; ahuyentando a la rapaz violenta que se comía los restos de los ratones que el perro abandonaba a su arbitrio por el pasto; revolcándose por el barro hasta que les quedara el cabello horrible; así, sin preocupaciones, sin consciencia de que hay tantas cosas más allá de ese patio y de ese grueso portón con sus tres cerrojos negros que para nada impedían la entrada de estos cuatro intrusos, tanto que atender había, tanto que aprender, tanto que querer, tanto, que no podía seguir dándose el lujo de ser, en parte, uno de ellos.

O peor, veía a un par de quinceañeros, uno o dos años menores, que no se hablaban el uno al otro, completamente ensimismados cada uno en lo suyo mientras se tomaban sendas micheladas calientes. El uno absorbido en la música. Se le encontraba sentado escuálido tras un contrabajo alto y prepotente. El otro, en la ciencia exacta y la estadística, buscando afanoso un cómputo puritano que tuviera la capacidad de sorprenderlo. Quizás acostumbrados a la soledad abundante producto de esta época de partos escasos y libertades tergiversadas que defienden el derecho a ser egoísta por sobre el deber a ser solidario.

Incluso veía más allá de ese reflejo a una veintena de guaguas regordetas y babosas, lloronas, quejonas, inocentes, comiéndose, cual ventilador, ese cereal imaginario con una cuchara que no se dobla; entretenidas por una proporcional cantidad de móviles adorables con sonidos somníferos muy efectivos a los que miraba con envidia, pero sin estar excento de remordimiento, pues si bien soñar es gratis, dormir no.

Pero lo que más le extrañó es que mucho antes de volver a verse tal y como era, se vió certeramente como un tercio de anciano de 80 años y algo más, lleno de polvo y algo más bajo, pero con la misma mirada desalentadora de vista entrecerrada que aprendió a simular a causa del cojito Alegría. Lo tranquilizó que, a pesar de los resabios ignorantes que ineludiblemente se le asomaban de los bolsillos y muy a pesar de los caminos desabridos que acusaban el par de zapatillas adidas que aún utilizaba, se le notaba una templanza elaborada, acompañada de una cordura blanda, pero establecida.

En un abrir y cerrar de ojos dejó atrás esas tonterías. Miró de reojo el delantal por cual que tantas amarguras había traído consigo; censuró el copetito espontáneo corriéndose el pelo hacia un lado como solía hacer; se puso los lentes; saludó a los dos nuevos pelos que ese día se sumaban a su barba; y lo inundó un recuerdo loco, de ese tiempo breve y bravo en que quiso confiar y querer y entregar y proyectar, pero que no pudo; ese tiempo que le dio una tautología que entonces no quería entender, que le mostraba la mentira que él no quería ver, que era de las peores, pues para el propio Rocco estaba vestida de verdad. Hasta que la pudo ver y reconoció lo cierto, que es lo que ya sabía: que ya no estaba a su lado, sino a su lejos.

Cerró la puerta del clóset, bajó la escalera y se fue a la estación. Seguro que llegaría tarde.

Continuará...

martes, 25 de junio de 2013

Lomalo


LOMALO no es cuánto ignoras, sino cuánto ignoras lo que ignoras.
Lomalo no es lo que omites, sino que omites que lo omites.
Lomalo no es que no entiendas, sino que no entiendas qué no entiendes.
Lomalo no es lo que dices, sino lo que no dices respecto a lo que dices.
Lomalo no es lo que haces, sino lo que no haces sobre lo que haces.

Dicen que más vale tarde que nunca. Ya es tarde. ¿Será nunca? Eso sería lomalo.

Continuará...

lunes, 10 de junio de 2013

Sapo rima con mariposa



LAS MARIPOSAS son el camino fácil, el camino sin riesgos del poeta. Son a tal punto el ícono de la belleza, que conducen a la torpeza de ofender. No al molusco, ese atractivo oculto, intrigante, exótico, extravagante; sino al auténtico, al atractivo simple, reconocible y real. Es, al fin y al cabo, el camino mediocre del poeta.

Pero no por ello dejan de ser atractivas. El defecto de esos poetas no es un delito que se les pueda atribuir. Son inocentes y en tanto tales, cautivadoras, inspiradoras y melancolizantes.

Vuelan multicolores y ágiles, distrayendo y maravillándonos. Aún así, no es por ellas que escribo. No es por rosas, ni arcoiris, ni girasoles, ni el viento, ni el mar.

Es por ese temor que ebulle tras tu tímida ternura expectante a cualquier signo, a cualquier gesto, a cualquier mirada que te diga que eres cierto, que te afirme en el abrazo, que te espere en el silencio, y acompañe hasta que vueles. Pues si vuelas, lo eres todo, incluyendo los errores, los defectos y fracasos.

Así te busco. Así te veo. Sin más vueltas ni, mucho menos, rodeos. Exijo una cucharadita más de coraje, unas gotitas de decisión y dos tabletitas de sucralosa.

No oprimas la mariposa, que se acaba el otoño y cuando se acaba el otoño, viene el invierno. Y a diez días de aquello, contra ti me querello, que no hay bicho más bello, que el que no es bello: el feo.

Continuará...

miércoles, 20 de febrero de 2013

A lo mejor

Yo no era uno, ni dos, yo era tres. Tres personas en constante diálogo, pugna, debate y colaboración. Y si ahora me siento solo, no es más que porque aquellos dos ya se fueron. Rindiéronse, quizás; mintiéronme, tal vez; muriéronse, a lo mejor. Decepcionáronme, de hecho.

Continuará...

sábado, 5 de enero de 2013

Osar saber vivir

No es el tiempo quien debe pasar,
no es el esfuerzo quien debe aprender,
no es la sonrisa quien debe fingir,
no es el orgullo quien debe sanar,
no es lo burdo quien debe volver,
no es el recuerdo quien debe morir.

¿Es la paciencia quien debe madurar?
¿Es la esperanza quien debe ceder?
¿Es la confianza quien debe surgir?

Es la indiferencia quien debe llorar.
Es la escasez quien debe correr.
Es la indecisión quien debe sufrir.

Es el coraje quien debe ganar.
Es la ceguera quien debe perder.
Es la incerteza quien debe existir.

Continuará...

martes, 27 de noviembre de 2012

Subsociedad



ENTRE tanta coincidencia, casualidad, patrones y literatura, ya he dicho dieciocho veces que reconozco en ellas una excusa perfecta para soñar, pero que desconozco en ellas una razón para evitar sobreponerse a la decepción.

Sin embargo, reafirmo mi apasionada defensa reivindicativa sobre su destreza para anunciar porvenires y definir mejor que nadie lo que nos rodea. Cosa que la sinceridad ha fracasado realizar con maestría; cosa en la que la seriedad se ofusca, se limita, por vetusta y machista; cosa a la que la ciencia -ya sea social, exacta o natural- se dedica desde su origen y se pierde en la metodología y en los delirios de grandeza, y se ve superada por la poítica tanto más que por nuestra querida y deliberada ficción.

No hay mucho más que agregar. Ni las ecuaciones diferenciales de segundo orden, ni los centros de gravedad, ni los neurotransmisores, ni los metales alcalinos, ni el sicoanálisis, ni el marxismo, pueden modelar tan bien a los miembros de esta subsociedad, como lo hace un simple anagrama, describiéndonos tal y como somos:

Desubicados.

Continuará...

viernes, 3 de agosto de 2012

Cuenta reagresiva


CUENTA cada vez en que preferiste obviar, evadir y evitar a decir la verdad, escogiendo el silencio: la manera más cobarde de decir no.

Cuenta la historia de aquella noche y de aquella tarde o de esa mañana o de esas horas, en las que lo único que importaba eras tú. Tú y tus miedos, tus temores, tus amigos, tus vanidades, tus caprichos, tus prioridades, tus horas, tus mañanas, tus tardes y tus noches.

Cuenta con que a pesar de eso, sólo viene un más claro porvenir, promisorio, mas no provisorio. Pues no se trata de aprendizajes ni de lecciones y ciertamente no de justicia.

A fin de cuentas me doy cuenta de que cuentas con quien más cuenta, cuenta y cuenta.

Ahora sí -y más que nunca-, sólo queda pedir la cuenta.

Continuará...

viernes, 27 de julio de 2012

Día que rima, día que prima


Me gusta este clima
de rabia escondida
de angustia que anima
de alerta encendida
en día que rima
es día que prima
la pena ladina
que corre y camina:
Amigo, no gima
que el fin ya está encima.

Continuará...

viernes, 4 de mayo de 2012

Platón comienza en Plutón


A TRAVÉS de la observación intentaba dilucidar exactamente dónde se encontraba. Se sentía como el décimo tercer guerrero, pero con mucho menos habilidad para los idiomas y una compleja sensación de que las costumbres que capturaba le estaban tomando el pelo, y eso que era calvo.

Desde muy joven se consideraba un aventurero introspectivo, pues no visitaba nuevos lugares, ni nuevos caminos, ni nuevas emociones, sino que nuevas formas de ser y creía haber tenido buenos frutos con su trabajo, al punto que hasta él mismo estaba interesado por conocerse, mas este entorno lo descolocaba, lo hacía sentir como el jovencito con el detalle más obvio y burdo que busca la diferenciación, como el sujeto más evidente e irreflexivo, como el que atiende más a la tienda que a la contienda.

Tanto tiempo valorando la creatividad, la originalidad y la autenticidad y en esa banca, sentado en la punta pues estaba llena de mierda, se encontró conformista, predecible e hipócrita y se perdió banal, cobarde y egoísta, sendas cualidades contra sendas virtudes, sendas difusas, sendas frustradas, indiscutiblemente.

Sacó con temor un libro de su bolso, alejándolo del abrigo de sus siete compañeros de viaje: una bufanda, una baraja española, una moneda de 5 miserables rupias, una caja de tres preservativos, una cuchara, una réplica diminuta de un barco vikingo de guerra y una galleta de avena. El temor se debía a lo insospechada que era la reacción de los transeúntes, los plutónicos, como le llamaba luego de tres meses de observación, pues no concebía sus formas en un ser humano de oriente, ni de occidente, ni marciano ni venusiano; tenían que pertenecer a una localidad de masa extraña a la que hoy ni siquiera hubiera consenso que se llame planeta.

I
Tiempo: Relajados y Psicopáticos


Si hubiese tenido que describirlos en pocas palabras, los llamaría peligrosamente relajados para lo trascendente e incluso vital y psicopáticamente rígidos para las cosas más extrañas, efímeras e irrelevantes.

Para comenzar, a pesar de ser un espacio absolutamente normal a la vista, no existía en aquella ciudad sentido alguno de la hora o de los plazos, ni si quiera en las plazas. Casi no había relojes y los que había cumplían un rol meramente decorativo, cual antigüedad melancólica que quería ser alabada. Nadie atendía a la hora marcada en sus teléfonos celulares, ni mucho menos al que se encontraba sobre el grueso pilar añoso ubicado en el centro de la Plaza en la que él se encontraba, meditabundo. Nadie respondía a horarios fijos de trabajo, ni plazos fijos para nada, se regían por la absoluta voluntad y parecer del momento, cual si fuese la ciudad del carpe diem, pero lo más extraño de todo eso es que a nadie parecía preocuparle las consecuencia de este aleatorio sistema de coordinación civil. Al punto, que en los bancos nunca había fila, pues si alguien llegaba con la intención de pagar y no de esperar y ya alguien estaba en trámite, simplemente decidía partir hacia otro lugar, a realizar otra actividad. Sin embargo, todo el mundo cumplía con sus obligaciones, iban al trabajo, pagaban sus cuentas, en definitiva, era una ciudad que, extrañamente y a su parecer, funcionaba.

En la misma línea anterior, dada la ausencia de hora, no existía el concepto de desayuno, almuerzo, once o cena, comían cuando les daba hambre, lo que les pareciera comer en el momento o lo que pudieran acceder, dependiendo el lugar donde se encontraban.

Había dos momentos del día que sí eran respetados, atendidos con concienzudo rigor: el amanecer y el ocaso. No había persona alguna en 50 km. a la redonda que continuara durmiendo luego de que el sol se asomara, mas no lo hacían ni un minuto, ni un sólo minuto después; y, de similar manera, no había compañero alguno que transitara por las calles luego que el sol se ocultase tras la montaña del poniente.

El peligro surgío, presionando violentamente su escrúpulo, cuando notó que esa omisión de los horarios y plazos, anulaba el concepto de emergencia, por lo que en una ocasión en que una mujer llegó gravemente herida a la instalación de salud más cercana y no encontró a nadie, terminó falleciendo, hecho que al día siguiente los ciudadanos lo consideraron lamentable, pero, impresionantemente, su alboroto no era mayor al de un público que recibe un mal resultado de un partido de fútbol.

De alguna manera, pensaba, la ciudad entera funcionaba al ritmo de un estudiante univeritario occidental, bajo el concepto de la autodisciplina.

Pero lo psicopático superó los límites de la imaginación de nuestro aludido. Había tradiciones intransgredibles y ritos curiosísimos que aún no decidía si lo espantaban o encantaban - el gusto es mío, el susto es mío-, pero definitivamente llamaban su completa atención.

Ocurría lo siguiente en cada cruce de calles principales, dispuestos a cruzar los peatones se aglomeraban en cada costado de la avenida, como si pertenecieran a este planeta, sin embargo, no sólo había un extraño nivel de comuncación entre los caminantes, sino que además se intercambian miradas de odio rabioso desde un costado hacia el otro; y todo, pues esto es el prefacio de una de las actividades más competitivas que pudiera verse por el sector. En el momento en que el semáforo incidaba luz verde, increíblemente cordinados, respondiendo a estrategias y a trabajo en equipo, con un sentido de pertenencia no observable en las organizaciónes más fanáticas de nuestros lares, los bandos se avalanzaban al lado contrario, apostando a ser, como bloque, los primeros en llegar al otro extremo. Era una real carrera olímipica, y sus consecuencias, tajantes. Los vencedores celebraban eufóricamente y los perdedores se ofuscaban brutalmente. Por breves cinco minutos, el cruce era un auténtico estadio de fútbol en una final de campeonato mundial. Mas por sólo breves y volátiles cinco minutos, pues inmediatamente luego de las expresiones de desazón y algarabía, los participantes retomaban sus rumbos, sus objetivos y su calma imperturbable.

De las peores experiencias que tuvo que vivir, pero de las que más aprendió fue cuando al llevar un paquete de caramelos verdes que acababa de comprar, tropezó con un relieve en el suelo irregular y dejó caer la mitad del contenido de su paquete. Lo que al principio creía que lamentaba era la pérdida de tan preciado comestible -qué caramelos aquellos-, pero en cosa de minutos nota que se avalanzaban sobre él al menos cuatro personas que merodeaban por ahí, quienes comenzaron a agredirlo, no violenta, pero humillantemente. Le tiraron las orejas, intetaron atravesar sus costillas con los índices, y le hicieron sustantivas zancadillas que finalmente lo dejaron en el suelo, sólo, incómodo y adolorido. Dos días más tarde, al observar a un anciano que derramó leche al tratar de esquivar a un perro que a su vez perseguía a un ciclista que quién sabe bien a dónde se dirigía, y la consecuente golpiza de escolar que le propinaron una joven y un hombre mayor que caminaban cerca de él, entendió que había un sentido punitivo intrínseco en los plutónicos ligado al desperdicio de la comida, específicamente, a la que se caía al suelo. No volvió a comer en lugares públicos en el resto de su estadía.

II
Espacio: Invasivos y Amargos


Una de las cosas que primero notó al bajarse del bus que lo dejó en el hábitat plutónico, es que las calles y espacios públicos estaban siempre repletos. No llenos, repletos, pero vivos. Vivos, pues había una constante -insistente, intolerable, pensaba después- comunicación desde todos hacia todos los habitantes.

Y es que no existía el sentido de la privacidad en los espacios públicos. No concebían la realización de actividades que sólo contaran con una persona en este tipo de lugares. Cual si pensaran, si estás en un lugar público, tu actividad es pública. De esta manera se encontró con que cada vez que abría su libro para leer, alguien se ponía a comentar la temática, o la lectura, o el clima, cualquier cosa con tal de interactuar con él. Siempre asumían los plutónicos que podían disponer del tiempo y atención del que estaba cerca, del mismo modo en que cada uno estaba dispuesto a dar el tiempo y atención si eran aludidos. Y aludidos decía, pues no se trataba de un favor, era un hecho. Un hombre necesitaba un lápiz para anotar, veía al de al lado con un lápiz en su bolsillo y tras un "¡Un lápiz!" el primero lo usaba y luego lo devolvía. Pasaba el momento y nada extraño había pasado para los plutónicos.

Humor plutónico, le comenzó a llamar.

El humor se agrió un tanto, cuando descubrió el entendido nulo de espacio personal que tenían en el sector. Ya le había llamado la atención el escaso número de asientos que había en todos lados en relación a la enorme circulación de personas -pocas bancas en las plazas, pocas sillas y sillones en las casas y hoteles, pocas butacas en el cine-, pero esa sorpresa se hizo humo cuando descubrió el método a través del cual estos seres suplían su necesidad de sentarse. Resultaba cotidiano que más de una persona utilizara el mismo asiento que otro. Y no horizontalmente, sino uno sobre otro. Y no entre amigos o familiares, sino entre absolutos desconocidos. Y no sólo en emergencias, sino en las reuniones, transporte público, bancas y ¡el cine!.

Sin embargo, si creía que por ello su límite de pudor por el contacto físico había sido traspasado, es porque nuevamente su estrecha imaginación lo traicionó. Fue la primera vez que saludo formalmente a alguien, cuando aterrorizado descubrió que el rito no era un apretón de manos, no era un beso en la mejilla, no eran dos besos en cada mejilla, era un escupitajo en el cuello. Jamás se atrevió a preguntar por qué.

Contradictoriamente, a la hora de despedirse, mientras nuestro hombre esperaba reticente un segundo escupitajo, quedó atónito cuando en medio de un "...hace pocos días. No tenía por destino este pueblo pero quizás el destino quería enseñarme algo al traerme por...", su interlocutor da media vuelta y se aleja sin regresar jamás. Aprendió luego que el concepto de carpe diem propio el humor plutónico impedía que éstos formaran lazos demasiado estrechos en sus contundentes interacciones con el resto de sus compatriotas. Se acercaban muy pronto a conversar, pero se marchaban aún más rápidamente.

En definitiva, tenían un escaso sentido de la privacidad o incomodidad del prójimo. Se pedorreaban en cualquier lugar, conversaban sobre todo en cualquier lugar, hablaban en el cine, se sentaban a tú lado al comer, con quien fuese, como fuese y cuando fuese.

III

Y entre tanto desconcierto, ya sentado en el bus que lo llevaría de regreso a Santiago (Chile, América, Tierra), recordaba ese día que rima, ese día de pocos amigos, en que, luego de dormir 14 horas se levantó en un enorme apuro y partió hacia una fiesta de cumpleaños. Se vistió y aseó en dos tiempos tomó el bolso más pequeño que encontró, ese que hace años usaba a diario, pero que hoy desconocía luego del reemplazo protocolar que le exigió su trabajo, y salió de su departamento.

Tarde, sin regalo y con el estómago vacío, la urgencia se transformó en sudor. Aún tenía que tomar el bus, comer alguna cosa -a sabiendas que en los asados poco había que comsumir para un vegetariano- y comprar el presente, y quizás de paso, vender el pasado y arrendar el futuro.

Como la prioridad doblegó a la planificación, decidió dirigirse directamente al Terminal de Buses y aprovechar las tiendas del camino para su cometido. Hizo uso de un antiquísimo teléfono público -en el apuro olvidó su celular-, e intentó llamar al destinatario. No es poco común que esos aparatos prácticamente en desuso se rehusen a funcionar, pero no por ello fue menos indignante. Golpe tras golpe se liberaron los improperios que no habrían de afectar a esa máquina de fierro, pero que al menos colaboraron en la resolución del misterio de por qué no llamaba. En respuesta a la violencia, el teléfono eructó la causa de la tranca: una moneda extrajera, achatada y completamente inservible. Apaciguada su ira, guardó la rareza en el bolso y afirmó el paso para disminuir la tardanza que desde ahora sólo crecía.

A media cuadra del teléfono la Farmacia se hizo notar. Nada bueno podría conseguir para el cumpleañero de ese lugar, aún así lo intentó. Salió con menos dinero y un regalo chistoso que podría tener malas interpretaciones. El humor era un buen regalo, pero no le satisfacía.

En la siguiente cuadra, el Almacén y Abarrotes LUNA, generó exitación. Siempre esos lugares pequeños tenían una variedad inimaginable de artículos ideales para regalo. Salió con aún menor dinero y un presente entretenido, útil e indispensable para cada hogar. Lo lúdico era un buen regalo, pero no le satisfacía.

A pasos del Terminal, una heladería manifestó su relevancia. Debía comer. Ordenó una copa de helado con la intención de llenarse y no disfrutar. Las brazas de la ira de la injusticia del teléfono se agitaron al recibir el diminuto helado por un precio más que elevado. La venganza fue sencilla, terminó rápidamente el contenido y se guardó la cuchara. La miserable galleta que acompañaba la copa tendría su utilidad más tarde en la convivencia carnívora.

Saliendo del local, el entusiasmo veló la cordura, una librería era la solución. Qué mejor que el mejor libro de todos para cumplir con el cometido. Ahí estaba, lo compró y se retiró en búsqueda de un material propicio para envolver el presente predilecto.

La respuesta no se hizo esperar. A dos locales una boutique le ofreció una tela delicada,no muy costosa, capaz de cumplir con la misión envolvente.

Culminó de este modo la travesía. Exausto subió al bus. Envolvió los Cien años, que tanto le recordaba el humor plutónico, pero tan agradable fue leerlo como espeluznante vivirlo. Terminó los arreglos y antes de rendirse al sueño, guardó en el bolso el presente junto a sus siete compañeros: la moneda, la caja, la baraja, la cuchara, la galleta, la bufanda y el barco... que siempre estuvo en ese bolso, esperando compartir una experiencia como aquella para ser uno de los imprescindibles amigos en esos precisos 100 días de soledad.

Continuará...